domingo, 20 de noviembre de 2011

JAPÓN Y ESPAÑA DOS CASOS MUY PARECIDOS

"Si la economía española sigue con los ajustes, le esperan dos décadas perdidas"

CLAUDI PÉREZ - Madrid

13-11-2011

 

Que 20 años no es nada: hace 20 años se desató una crisis en Japón cuyo parecido con la que viven ahora EE UU, la eurozona y, sobre todo, España es inquietante. Japón venía de una época deslumbrante en la que parecía que iba a comerse el mundo. Pero la economía cabalgaba a lomos de una burbuja enorme, inmobiliaria y de crédito, que explotó en 1990. Desde entonces, sus políticos han intentado aplicar todo tipo de curas sin apenas éxito. "El diagnóstico fue equivocado", explica en Madrid el influyente Richard Koo, economista jefe del banco de inversión Nomura. "No supimos ver que el país estaba aquejado de una rara enfermedad económica que se da una vez en un siglo, muy parecida a la que afronta ahora casi todo el Atlántico Norte, cuyas autoridades demuestran a diario que no han aprendido nada de la experiencia japonesa. Las consecuencias para Japón fueron dos décadas perdidas; si Europa persiste en su pésima gestión, le queda por delante década y media de crisis", pronostica el que quizá sea el economista japonés más influyente.

El diagnóstico erróneo, en Europa, es pensar que esta es una crisis fiscal. Falso: la crisis empezó en el sector inmobiliario estadounidense y se transformó en una tormenta financiera global. Y sigue siendo una crisis bancaria, que ha acabado contagiando a la economía (el cierre del grifo del crédito degeneró en desempleo y recesión) y a las cuentas públicas (castigadas por las ayudas a la banca y los costes del Estado de bienestar en pleno desplome económico). Ha contagiado incluso una suerte de aluminosis al edificio institucional europeo, incapaz de mostrarse resolutivo en unos rescates que parecen más diseñados para salvar a los bancos que para ayudar a los países con problemas. Las entidades financieras, en especial las alemanas, están cargadas de activos tóxicos (y de deuda pública, que va camino de alcanzar ese estatus). En España, la toxicidad procede de un empacho de ladrillo. Pero Berlín y Bruselas están convencidos de que la crisis es esencialmente fiscal, y que el remedio es una sobredosis de ajustes vía BCE, FMI, reformas constitucionales, lo que sea. "Es un completo disparate", ataca Koo.

Porque esa cura no funciona para el virus europeo, según la tesis de Koo. Especialmente en España. "Imaginemos un país con una enorme burbuja: al estallar, las empresas y familias se quedan cargadas de deudas, y por mucho que los tipos de interés bajen a mínimos la gente se olvida de gastar y las empresas de invertir: la obsesión es reducir deudas. Lo mismo les pasa a los bancos: no prestan, se dedican a desendeudarse. Sucedió en Japón y ahora ocurre en Occidente: esa enfermedad se llama recesión de balance".

En esas condiciones, cuando la demanda privada es anémica, cuando ni siquiera hay crédito, solo el sector público puede dar un volantazo para evitar la agonía. Así lo hizo Japón en los noventa, y el mundo entero tras la quiebra de Lehman. "Esa reacción suele ser automática. Luego llega lo difícil, el momento del pánico: en 1997 Japón cometió un error fatal, se asustó del abultado déficit en un país envejecido, estancado, sobreendeudado: ¿suena familiar? Entonces puso en marcha un duro plan de austeridad y subió impuestos: ¿también le suena? Y eso dio paso a una recesión profunda y al colapso de la banca: eso aún no le suena, pero le va a sonar". EE UU, sostiene Koo, aún no se ha asustado tanto, pero Europa es otra historia: "Esas curas de austeridad que receta Alemania son contraproducentes". "Si querían reducir el déficit, van a tener lo contrario: una recesión como la que viene es la mejor manera de que la crisis fiscal empeore. Sin estímulos, a Europa le espera una larga temporada de atonía y a España dos décadas perdidas a la japonesa".

El discurso de Koo es casi sacrílego en Europa. La réplica es de cajón: no hay margen para gastar. Koo dispara contra el dogma: "La deuda japonesa está en el 200% del PIB, la estadounidense y británica en máximos, y en cambio los intereses que pagan esos países son bajísimos. Hay una razón: los ciudadanos tienen miedo, ahorran mucho y compran deuda pública: por eso los intereses son mínimos y aún hay margen para el estímulo". Europa y su crisis fiscal morrocotuda parecen una excepción. Koo discrepa: "La única diferencia es que al compartir el euro, el ahorro de los españoles vuela a Alemania, el país más seguro y sin riesgo de tipo de cambio. Gran parte del ahorro europeo va a los bonos alemanes, que paga intereses irrisorios. ¿Qué hace Alemania con ese dinero? Nada de nada. Pero quizá eso cambie: la recesión les va a golpear. Van a tener que gastar".

"La lluvia de liquidez sobre la banca no sirve: la política monetaria es inútil. Hay que volver a los estímulos fiscales. Y anunciar que se va a impedir, en el plazo de unos años, que los ciudadanos de un país inviertan en la deuda de otro país europeo. De esa manera la deuda de cada país será proporcional al ahorro interno y eso impedirá cosas raras". ¿Habla de controles de capital en el mercado de deuda? "No es realista a corto plazo, pero si Grecia, Italia y España anuncian que van a poner en marcha esas restricciones en 10 años y Bruselas hace lo necesario, tendríamos una posibilidad de ver una salida".

Koo reclama también ayudas sin condiciones para los bancos: "Hay que darles tiempo y dinero para que se quiten la basura de los balances y no cierren el crédito". Pero Trichet dice que la ciudadanía no está preparada para aceptar una segunda ronda de ayudas a la banca. "Pues ese era su trabajo: convencer a la gente de que eso es imprescindible. Trichet debió ser despedido por no hacer su trabajo", dispara.

¿Y España? "Si el próximo Gobierno sigue con los recortes la recesión será muy dura, el paro crecerá y el déficit aumentará. Mirar solo las cuentas públicas no es suficiente: hay que ver lo que sucede en el sector privado, que está tratando de reducir deuda a toda costa. Si el sector público también lo hace, la cosa se complica". La respuesta está en una Europa menos atrapada por los prejuicios. "Hay que suavizar los ajustes, arreglar los bancos y hacer que quienes tienen margen estimulen su economía. Alemania se benefició durante años de la política económica europea. Cuando peor le iba, la eclosión de sus exportaciones no se dirigió hacia Asia ni EE UU, sino hacia Europa. Es el momento de que los alemanes devuelvan a los europeos el favor que les hicieron cuando las cosas les iban mal, cuando disfrutaron de tipos bajos y de la flexibilidad que ahora ellos no conceden a sus socios".

Koo no es precisamente un optimista. Excepto con China: "Los chinos han comprendido los problemas mejor que nadie. En 2009 pusieron en marcha uno de los paquetes de estímulo más ambiciosos y mejor orientados del mundo. Luego siguieron con ellos: son una dictadura, gracias a ello se lo pueden permitir". Mientras Europa y EE UU discuten de riesgo moral, de Keynes y Hayek, de estímulos y austeridad cargados de dogmas, "China está a otra cosa". "A quienes advierten de una burbuja hay que decirles que los chinos nos pueden dar lecciones de realismo", cierra. A la Europa contemporánea construida con esa extraña mezcla de creencias cristianas y dudas griegas, que decía Polanyi, hay que añadirle ahora ciertas dosis de realismo chino y las enseñanzas de la experiencia japonesa para recuperar el aliento. Al menos, así lo ve Richard Koo.

 

ZAPATERO SE VA.

Jueves 03-11-2011 07:34
Portada > Opinión
TRIBUNA: SUSO DE TORO
Ese chico de León se va
03-11-2011
Cada uno se alegra a su modo del fin del terrorismo y ese hombre que en el laberinto de la Moncloa atiende a acechanzas financieras, siente su personal satisfacción. Se la guardará. El silencio y la soledad de estos últimos días son la continuación de toda su presidencia y van con su naturaleza reservada. En su personalidad está el origen de sinceras incomprensiones, desconfianzas y también animadversiones. Los políticos regeneracionistas, y Zapatero es un regeneracionista español puro, son percibidos con hostilidad por buena parte de la sociedad que ellos pretenden cambiar. Siendo alguien entregado a su sueño de España no es nada arquetípicamente español o, al menos, castizo. Rasgos antropológicos suyos como su individualismo, ascetismo, reserva o sus buenas maneras resultan casi un insulto a quienes dominan el espectáculo de la política española. Por otro lado, sus fuertes convicciones despiertan la burla de ese cinismo que goza de gran prestigio en la vida pública española y su cultura republicana arranca abucheos de la extrema derecha.
Desde Suárez ningún presidente de Gobierno fue tan atacado. Fajado en el aparato del partido, diputado varias legislaturas, miembro del Comité Federal cuando su partido gobernaba y profesor de Derecho Político fue acusado de inexperto, ignorante, falto de preparación... Considerando los currículums de los anteriores presidentes es muy excesivo e injusto. Los ataques contra él y su entorno fueron sistemáticos desde una maquinaria ideológica que se fraguó bajo Aznar con un objetivo: negar sus dos victorias electorales, su presidencia.
Zapatero gana la secretaría de su partido tras una generación exhausta, todos los observadores coincidían en que era necesaria una refundación y tendría que hacerla una nueva generación. Las generaciones políticas no son necesariamente generaciones biológicas, aunque ése es el modo más común, y la confusión y los malentendidos sobre ese asunto fueron un flanco débil todos esos años. Su candidatura a la secretaría fue la presentación en sociedad de una nueva generación biológica, pero luego sus gobiernos conciliaron edades y procedencias. Comprensiblemente, quienes se sintieron desplazados vieron a quienes llegaban como advenedizos sin pedigrí. Sin embargo, aunque llegó a la secretaría con un equipo de gente de su edad, él ya era un solitario en el Comité Federal y tampoco se disolvió en un grupo generacional. A diferencia de González, él no llegó acompañado de "su" generación y mantuvo una distancia con loselementos de esa nueva hornada, lo que creó incomprensión cuando al final estalló una lucha sin límites por el poder en el partido.
Los resquemores alcanzaron a una generación intelectual que se sentía identificada con la anterior etapa del partido, también los intelectuales luchan por su existencia y por el poder, Zapatero traía consigo una nueva cultura política que no comprendían ni aceptaron. Optó por defender su independencia de todo tipo de tutelas y solo se puso en las manos de la ciudadanía, no hizo un reconocimiento previo de lo intelectual establecido y lo establecido no lo reconoció. Él mismo es un intelectual, pero un político intelectual que solo reconoce la autoridad que nace del voto. "Ese chico de León", una caracterización que encierra elitismo generacional y cierto clasismo de pomada cortesana, resume el modo en que lo quisieron ver: un intruso, un "parvenu" sin categoría condenado a estar de paso. Pero se quedó.
Tras la primera legislatura su imagen era la de un gobernante valiente y audaz. En su haber, una ampliación impensable e histórica de las libertades y el reconocimiento de derechos de las personas (mujeres y homosexuales serán testigos si tienen memoria), haber extendido la cobertura social, haber animado la modernización y democratización de la sociedad española y haber intentado en dos fases sucesivas de dos modos distintos acabar al fin con ETA. Cosa que, seguramente, ha conseguido. Quedaría en su "debe" el fracaso de su intento de encontrar un sitio para la memoria de los vencidos en la Guerra Civil y el de encajar a Euskadi y Cataluña en un proyecto español común. Para interpretar federalmente la Constitución se necesitan federalistas, y no hay. Quedan, de un lado, el proyecto nacionalista español interpretado desde un Madrid político mediático y, del otro, los proyectos nacionalistas en marcha de Euskadi y Cataluña. Quienes boicotearon la Ley de la Memoria Histórica también boicotearon la "España plural", alguien ya estará imaginando una España sin Euskadi y Cataluña.
Pero tras esa primera legislatura vino la crisis: un gran agujero negro que se traga todo, incluso el recuerdo de aquella primera legislatura. Quizá su intención de despedirse al final de la legislatura le negó la visión necesaria para afrontar el tornado que sacude Europa y EE UU, pero, sobre todo, su visión entusiasta militante de España le impidió reconocer los signos que aparecían. La esperanza y el ánimo optimista son para avanzar, como hizo en la primera legislatura, pero en esta segunda se precisaba un político muy realista o pesimista, y eso fue en lo que se transformó finalmente. Se le critica que tardase en reaccionar pero que se sepa todos los presidentes de Gobierno y sus ministros de Economía actuaron de forma parecida. Y resulta una burla oír aquí a quienes crearon la burbuja inmobiliaria, un Gobierno de Aznar que transformó toda España en solar edificable, cargarle la culpa de sus consecuencias a Zapatero. Este afirmó recientemente que se arrepentía de no haber pinchado la burbuja del ladrillo: no podía pincharla porque no estaba en su programa y carecía del poder para hacerlo. Ni Gobierno alguno habría estado dispuesto a ponerle el cascabel a ese gato: crecería el paro, protestarían los sindicatos, las cajas y bancos, la oposición... Seamos sinceros, unos crearon la burbuja pero la hinchamos entre todos. Hasta hace un año todos nos lamentábamos por el mileurismo que impedía comprar vivienda propia a los jóvenes y optábamos por esas hipotecas desmedidas que ahora nos amedrentan. Atribuiremos nuestros pecados a Zapatero para que los cargue y se los lleve lejos, podremos conservar nuestra inocencia sintiéndonos víctimas.
Pero el tiempo de Zapatero no fue un paréntesis, quien crea que puede volver a los años ochenta se equivoca. La crisis tiene una consecuencia imprevista en Europa, los Estados nacionales se diluyen, hasta desaparecer en la práctica algunos casos, y se está creando aceleradamente un Estado europeo conducido por Alemania. Pero aquí además ha decantado un proceso de cambios, persiste la división nacional interna pero además la sociedad ha cambiado y se han desvanecido las referencias simbólicas, sociales, mediáticas, políticas y culturales compartidas. Excepto la selección de fútbol. Esta es una crisis nacional: resulta que todo era mentira. No solo ha reventado un modelo económico, también la realidad virtual que habitábamos desde hace décadas, tejida con los hilos entrelazados de la política y la especulación; en su interior, el aire era una moral social corrupta. Los dos grandes partidos tienen una responsabilidad en ello, tanta como la mayoría de nosotros.
Los europeos debemos olvidar nuestra vana indignación porque está cuestionado el ir siempre a más: el hegelianismo decimonónico autocomplaciente, de izquierdas o de derechas. Estamos en una placa tectónica que desciende mientras asciende otra, viene el tiempo de China, India, Brasil..., se evaporan nuestras melifluas ilusiones. Esto es la "chinización": una sociedad más desprotegida socialmente y la precarización del trabajo.
Se nos va un tipo decente y valiente pero, para que podamos comprender su viraje en los últimos tiempos, el presidente nos debe una explicación: qué vio la noche del día 9 al 10 de mayo de 2010. Parece que se asomó a un abismo, debemos conocer qué monstruos lo habitan. Y si vio los límites de nuestra realidad necesitamos conocerlos, ahora que las paredes del mundo en que vivíamos se están desplomando. Lo necesita la izquierda para imaginar un futuro más justo pero sin infantilismo y lo necesitamos el conjunto de la ciudadanía.
 


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Europa en crisis

Domingo 20-11-2011 10:35
Portada > Internacional
¿Se romperá la UE? En una palabra: no
Claudi Pérez - Madrid
19-11-2011

Tal vez no lo parece, pero esto es un reportaje. Cuando en el mundo sucede algo grave, los diarios suelen mandar a un reportero para tener una mirada del desastre de primera mano. Cuando la catástrofe es económica, y eso viene siendo frecuente, siempre hay un periodista dispuesto a viajar hasta algún lugar recóndito (México y Argentina; Japón y Tailandia; últimamente enclaves menos exóticos, Nueva York, Atenas, Dublín, Atenas, Atenas, Atenas) para ejercer ese viejo oficio que consiste en ir, ver y contar. Pero esta vez no hay que coger el avión. Para escribir este reportaje no hace falta moverse de Madrid. Esta vez los bárbaros están a las puertas de Europa y pueden provocar un accidente financiero. Incluso más allá de la economía: el declive económico suele anunciar, en general, la decadencia de los imperios. ¿Tiene sentido empezar a pensar qué sería de Europa sin euro, incluso sin esa UE envejecida y esclerótica que pierde peso en el nuevo orden del capitalismo global? Puede tenerlo: la probabilidad de ese accidente (la fractura de la mismísima UE) es ínfima, pero ha dejado de ser nula.
Europa vivió siempre en perpetua crisis: las crisis han sido su principal motor de progreso. Y una vez más los analistas piensan que aún hay margen, que la UE se acerca peligrosamente al abismo, pero al final sabrá encontrar una solución. El problema es esa manía que consiste en acercarse tanto al precipicio, y tan a menudo. Una fractura del euro es posible: puede que algún país decida abandonar la eurozona sin salir de la UE tras una sobredosis de recortes que puede ser contraproducente. Incluso la posibilidad más extrema, una quiebra de la Unión, no puede descartarse de forma categórica. Y en caso de sustanciarse dejaría duras secuelas: un caos financiero, económico y social; probablemente, una depresión global Y 60 años de esfuerzos tirados a la basura.
La fractura de la UE sería el equivalente a una guerra incruenta, explica Charles Grant, del Center for European Reform, un think tank europeísta con sede en la habitualmente eurófoba Londres. Por eso no puede suceder: no va a suceder, según Grant y la práctica totalidad de la docena de expertos en varios ámbitos consultados. Lo peor ya es perfectamente posible Pero un final desordenado de la UE son palabras mayores. Hasta ahora, Europa ha sabido reaccionar, aunque haya sido en el último suspiro, a regañadientes. Pero quizá seguir pensando que vamos a encontrar la puerta de salida sea un ejercicio de voluntarismo: confieso que ahora mismo ya no estoy tan seguro, asume Josep Borrell, expresidente del Parlamento Europeo y presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia.
En momentos bisagra de la historia, un acontecimiento capital trastoca el orden de las cosas, influye sobre la trayectoria de una sociedad y desata un movimiento tectónico. Reino Unido abandonó el patrón oro en 1931 y dio paso a la primacía norteamericana. Cuarenta años después, EE UU rompió la relación entre dólar y oro en 1971 y formalizó el inicio de un largo declive que se resume así: Occidente deja paso a Oriente. Las fechas son caprichosas: de nuevo 40 años más tarde le toca el turno a Europa y su euro, con una crisis que subraya su propia agonía y esa imparable pujanza del Este. Porque la crisis del euro esconde cicatrices profundas: la narrativa del proyecto europeo se ha agotado. Sesenta años después del Tratado de Roma, Europa no sabe qué historia quiere contar.
Un relato político compartido sostuvo durante tres generaciones el proyecto de integración europea, pero esa narración se ha desmoronado. La mayoría de los europeos, incluidos sus líderes, no saben ya de dónde vienen, y mucho menos hacia dónde quieren ir. Nadie se acuerda de que el proyecto sirvió para enjaular peligrosos diablos. Estamos cada vez más sometidos a esa idea de que es imposible cabalgar el tigre feroz que llamamos mercados. Y lo más importante: somos incapaces de construir un nuevo relato, que debe consistir en que la política vuelva a tomar las riendas, explica José Enrique Ruiz-Domènec, catedrático de Historia de la Autónoma de Barcelona.
Europa apesta a dinero, pero las consecuencias de ese estado de excepción financiera permanente no son solo económicas: Francia e Italia han sugerido una suspensión del área Schengen por la llegada de inmigrantes. Los populismos y nacionalismos emergen en Finlandia, en Holanda, en Austria, en Francia, en una ola que amenaza con alcanzar a Alemania. El Estado del bienestar está temblando. Y los recortes y ese ascenso de la tecnocracia que imponen entre Berlín y los mercados han elevado la temperatura social. La UE se está muriendo. No es una muerte dramática, sino a cámara lenta, en una decadencia que pone en peligro un proyecto que se daba por asentado, explica Timothy Garton Ash en Los hechos son subversivos.
El triste espectáculo de dudas, sospechas, inquietudes, odio encubierto, buenas palabras que nunca se traducen en hechos y errores descomunales aboca a una situación crítica. Y los problemas económicos, con ser importantes, esconden dificultades de otra índole: esta es una crisis política y el edificio institucional europeo no es suficientemente sólido. Pero no hay alternativa a la UE más allá del caos. El panorama es inquietante, pero eso no es nuevo para Europa, condenada a avanzar a sacudidas, explica el sociólogo Salvador Giner.
Sin soluciones en Bruselas y Berlín, los mercados huelen sangre. Los pesimistas van en aumento e incluso retumban voces catastrofistas: el economista Bernard Connolly, el más siniestro apocalíptico de la UE, recibía esta semana tratamiento de estrella en The New York Times: La actual política europea acabará provocando malestar social. Y no hay que olvidar que en esos países [Grecia, Irlanda, Portugal y España] ha habido guerras civiles, dictaduras fascistas y revoluciones. Ese es el futuro si esta locura maligna de la unión monetaria prosigue.
Connolly, que trabajó en la UE en los años noventa y dirige ahora una consultora en Nueva York, declinó desarrollar su punto de vista en estas páginas. Pero no hace falta cruzar el charco para encontrar eurófobos: los hay incluso en el Parlamento Europeo. Enrique Barón, convencido europeísta que presidió esa Cámara en los años noventa, desdeña los planteamientos extremos de quienes se empeñan en hacer sonar trompetas de Jericó, pero no elude hablar de riesgos. Europa, con apenas el 6% de la población mundial, es la primera potencia comercial del globo. Pero sin unión corre el peligro de ceder aún más protagonismo a EE UU y a las potencias emergentes: China y compañía. Sin UE, Europa sería un amasijo de particularismos, de territorios con mucha historia, grandes museos y ningún futuro, avisa. El historiador Kevin ORourke resume el peligro que acecha: Lo peor es que esa ruptura podría llegar tras años de austeridad impuesta a algunos países por parte de tecnócratas extranjeros. Las consecuencias políticas pueden ser severas.
Hay quien advierte de que es precisamente ese discurso azuloscurocasinegro el que puede tener consecuencias: un ejecutivo de un fondo de alto riesgo apunta que si los periódicos se empeñan en meter ese tipo de cosas en la cabeza de la gente, tendremos corridas bancarias y un accidente. Se está jugando con fuego. Los think tanks proeuropeos son igual de rotundos. Hay muchas maneras de que el euro se rompa, pero no estoy interesado en ser profeta del día del juicio final, sentencia Daniel Gros, del Centre for European Policy Studies.
Europa parece cansada del peso de su propia historia; los alemanes tienen una palabra para ese sentimiento aparentemente indefinible, Geschichtsmüde Y es precisamente Alemania quien tiene la clave para que los logros de 60 años (la moneda única, un acervo legislativo abrumador, la supresión de fronteras, la paz, esas cosas) no queden en agua de borrajas. Europa es mi pasión, pero es una pasión a la Merkel, decía la canciller hace unos meses. Pero Angela Bismarck Thatcher, como la ha llamado el exministro alemán verde Joschka Fischer, debería quitarse de encima dogmas y tabús, y recordar que Europa exigió a Alemania grandes reparaciones de guerra en los años veinte y de aquello se salió con un resentimiento que provocó graves consecuencias: es aquello de que quienes olvidan la historia están condenados a repetirla, resume Gerard Mortier, un belga que trabajó en Austria, Alemania y Francia y ahora dirige el Teatro Real de Madrid De ese Madrid que es, de nuevo, capital de la crisis europea y por tanto carne de reportajes como este, escritos sin necesidad de coger un avión hacia un lugar ignoto para contar un desastre.
 


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sábado, 19 de noviembre de 2011

LA EUROPA CONVULSA

REPORTAJE: Europa convulsa DESAFÍO A LA UE
La democracia puesta a prueba
La crisis del euro impulsa el populismo y la tecnocracia a nivel nacional y europeo
JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 13/11/2011
Desde su creación hace más de medio siglo, nunca la UE ha sufrido una crisis similar. Valores que se creían definitivos, como la idea de una Europa unida o la moneda única, están en tela de juicio en medio de las sacudidas económicas. EL PAÍS inicia una serie sobre este momento crucial europeo
En lo que parece ser una nueva y peligrosa fase de la crisis, las tensiones generadas por la crisis del euro están comenzando a desestabilizar las democracias europeas. Casi dos años de dudas y divisiones, de falta de coraje y de visión política para adoptar una solución europea están cebando la desafección ciudadana, tanto hacia las democracias nacionales como hacia el propio proyecto europeo. Como hemos visto en Grecia y en Italia, la agudización de la crisis coloca a los líderes políticos entre la espada y la pared. Por un lado, temen que si adoptan nuevas y más severas medidas de austeridad sin una contrapartida en forma de planes de estímulo que garanticen un horizonte de crecimiento económico, los ciudadanos se acabarán volviendo contra ellos y, desde las urnas, las calles o los Parlamentos, llevándoselos por delante. Pero, al mismo tiempo, saben perfectamente que si se resisten a adoptar esas mismas medidas de austeridad, los mercados les penalizarán elevando su prima de riesgo y forzando una intervención exterior, lo que desencadenará su caída, o llevará a que sus socios europeos retiren el apoyo financiero que les venían prestando, lo que también provocará su caída.
En estas circunstancias, el agotamiento de la política tradicional de partidos y la sustitución de los líderes políticos por tecnócratas añaden un elemento sumamente preocupante desde el punto de vista democrático. Tanto el nuevo primer ministro griego, Lukas Papademos, como los nombres que se barajan para futuro primer ministro de Italia, Giuliano Amato o Mario Monti, economistas con destacadas carreras en bancos centrales o instituciones europeas, representan la quintaesencia del tecnócrata. El rechazo de los políticos a someter el control de sus decisiones, pasadas o futuras, a la ciudadanía, vía elecciones anticipadas o referendos, apunta a que estos están bajando los brazos frente a los mercados, que no confían en su capacidad de resolver la crisis y, sobre todo, que sospechan que su legitimidad está agotada. Así, en lugar de asumir su responsabilidad, se apartan a un lado y llaman a técnicos que (supuestamente) carecen de ideología y que (también supuestamente) conocen las soluciones que sacarán a los países de la crisis.
El paso encierra un peligro evidente, pues supone confiar la responsabilidad de gobernar un país que se enfrenta a una grave crisis económica, con enormes e inevitables repercusiones sociales, a alguien que no deriva su legitimidad de las urnas, sino de la confianza que en él depositan los mercados y las instituciones internacionales. El problema es que, tanto en el ámbito europeo como en el ámbito nacional, los tecnócratas solo se legitiman si son capaces de obtener resultados positivos de forma relativamente rápida. Dicho de otra manera: la ciudadanía puede estar dispuesta a aceptar temporalmente y como mal menor una forma benigna de despotismo ilustrado ("todo para el pueblo, pero sin el pueblo"), pero si los tecnócratas suman su fracaso al de los políticos de partido, las sociedades tendrán la tentación de recurrir al populismo (de izquierdas o de derechas), expresado en hombres-fuertes que no se paren en procedimientos ni detalles democráticos.
El deterioro de la democracia y la amenaza del populismo no solo penden sobre algunas democracias deudoras del sur de Europa. Mientras que en los países deudores una gran parte de la ciudadanía se rebela contra la imposición desde el exterior de medidas de austeridad, simétricamente, en los países acreedores (Alemania, Austria, Eslovaquia, Finlandia y Países Bajos), otra gran parte de la ciudadanía se rebela contra el empeño de sus líderes en seguir financiando los planes de salvamento de los países que sufren de iliquidez o insolvencia o, muy especialmente, contra cualquier solución que implique una nueva transferencia de poder y recursos hacia la Unión Europea.
En muchos de estos países ya hay partidos muy influyentes cuya agenda antieuropea tiene cada vez más apoyo popular, así que no hay que extrañarse de que muchos políticos de esos países se debatan entre ignorar esas demandas ciudadanas, lo que les puede costar el cargo, o seguir alimentado los planes de rescate a los países del Sur, lo que también les puede costar el cargo. Las lágrimas de la primera ministra eslovaca, Iveca Radicova, en el último Consejo Europeo, abroncada por Sarkozy por resistirse a firmar el plan de rescate para Grecia, consciente de que su aprobación suponía el fin de su carrera política y la salida de su partido del Gobierno, son muy reveladores de hasta qué punto la crisis europea se ha convertido en un factor desestabilizador de la política nacional. E incluso en Reino Unido, que no es miembro del euro, se teme que las presiones hacia una mayor unión política y económica que está desencadenando la crisis del euro se resuelvan en sentido contrario, es decir, haciendo imposible evitar un referéndum sobre la salida de Reino Unido de la Unión Europea, un referéndum que, con toda legitimidad democrática, muchos ciudadanos reclaman en nombre de su derecho a decidir sobre sí mismos y el futuro de su país, y que consideran que se les está hurtando en nombre de unas élites que saben lo que les conviene mejor que ellos.
Por tanto, la crisis está cebando el populismo y la desafección en dos direcciones: los ciudadanos de los países acreedores temen verse arrastrados a una "unión de transferencias" con los ciudadanos de los países deudores, mientras que los ciudadanos de los países deudores recelan cada vez más de unos acreedores a los que simplemente ven como policías de la austeridad sin un proyecto político alternativo que compense la erosión de su democracia. Se trata de un círculo vicioso que se retroalimenta y que tiene importantes y evidentes consecuencias sobre el futuro de la democracia y, en paralelo, del proyecto europeo.
El sentido último de la democracia es que el pueblo se gobierne a sí mismo. Por eso, aunque un gran número de ciudadanos no entiendan al detalle las causas, consecuencias y posibles soluciones de las crisis del euro, sí que tienen clara una cosa: si democracia significa capacidad de decidir, la capacidad de decisión de nuestras democracias es hoy sumamente limitada. El debate habido en España el lunes pasado entre los dos candidatos a la Presidencia del Gobierno ofrece una prueba muy evidente del dilema en el que viven atrapados los políticos nacionales en toda Europa: en la práctica, saben perfectamente que las soluciones a la crisis están fuera de nuestras fronteras. Si se crea empleo en España o se restaura el crédito a las empresas depende, entre otras cosas, del tipo de medidas que adopte el Banco Central Europeo, de los acuerdos a los que lleguemos con Alemania y otros para estimular la demanda, de si orientamos el presupuesto europeo hacia las grandes inversiones, o de si creamos impuestos sobre las transacciones financieras y las emisiones de carbono. Pero, lógicamente, para ganar el voto de sus ciudadanos, tienen que hacer creer que la solución de la crisis está en sus manos y que incluso tienen margen de maniobra para elegir qué cantidad de austeridad aplican y en qué plazos: de ahí que emplearan tan poco tiempo hablando de cómo construir una Europa que dé soluciones efectivas y duraderas a la crisis.
Al tiempo que la democracia (como capacidad de autogobernarse) se evapora del nivel nacional, no aparece por ningún lado y, especialmente, no reaparece donde debiera hacerlo: en el ámbito europeo. Más bien al contrario, en lugar de reforzar la democracia en el ámbito europeo, la crisis está sirviendo para reforzar la tecnocracia en ambos niveles: en el nacional, poniendo al mando a tecnócratas con amplia experiencia europea, y en el europeo, reforzando la capacidad de los tecnócratas, desde el Banco Central o la Comisión Europea, para supervisar a los Gobiernos de la Unión.
Como ponen de manifiesto las recientes propuestas del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, de reconfigurar las competencias del comisario de Asuntos Económicos y Monetarios, el finlandés Olli Rehn, para blindarlo frente a las presiones de otros comisarios (al parecer excesivamente sensibles a los Gobiernos de sus países de origen) y darle nuevos poderes de intervenir en la gestión económica y presupuestaria de los Estados miembros, la crisis del euro está suponiendo la expropiación implícita y por la puerta de atrás de esa capacidad de decisión en la que consiste la democracia, todo ello sin debate ni análisis sobre las consecuencias. Que el siempre excesivamente prudente Barroso y su comisario Rehn se permitieran pedir en público un Gobierno de concentración nacional en Grecia sin reparar en que hasta los muy desprestigiados ciudadanos griegos tienen todavía derecho a un mínimo de dignidad democrática, refleja muy bien hasta dónde han llegado las cosas: a los ojos de muchos, esta Europa de la austeridad donde un portugués y un finlandés no respaldados por las urnas pueden sugerir quién debe gobernar un país se parece sospechosamente al Fondo Monetario Internacional que campeaba por América Latina en los años ochenta imponiendo planes de ajuste sin rendir cuentas ante nadie.
Resulta pues evidente que la crisis del euro y la crisis de las democracias están íntimamente relacionadas, y no podrán ser resueltas la una sin la otra. Aunque la crisis actual se desencadena por el choque financiero que supuso la caída de Lehman Brothers en 2008, la crisis del euro se origina en un doble error de diseño. Fueron muchos los que dijeron entonces que, además de los desequilibrios en el sector público, había que supervisar los desequilibrios en el sector financiero, y controlar la pérdida de competitividad y el deterioro de las balanzas comerciales de los Estados. Pero en tiempos de bonanza, esos errores de diseño, económico y político, fueron ignorados, porque no hay nada más legítimo que lo que funciona bien. El caso es que, desde el punto de vista económico, el euro se lanzó sin estar respaldado por un Tesoro europeo y una política fiscal común. Y en paralelo, la unión económica y monetaria nació sin un sistema político que gozara de la suficiente legitimidad para respaldarla.
La preocupación por la democracia en el ámbito europeo, que emergió tras la rebelión ciudadana contra el proyecto europeo puesta de manifiesto en el rechazo a la Constitución Europea en Francia y los Países Bajos en 2005, y por el auge del euroescepticismo, puesto de manifiesto en las elecciones europeas de 2009, fue dejada en un segundo plano y apartada como algo incómodo. El problema es que, al igual que la bonanza en la que han vivido muchos países europeos, incluido España, durante la última década, tiene que ver con esos errores de diseño del euro, que inundó de dinero barato muchas economías y alimentó los desequilibrios; la recesión en la que nos adentramos ahora también tiene que ver con el diseño de la unión monetaria, con un Banco Central Europeo centrado en la inflación, y no en el crecimiento y el empleo, y sin más capacidad que la de parchear la crisis, pero no de solucionarla definitivamente.
En una Unión Europea boyante, la preocupación democrática era más bien de carácter estético. Pero cuando los errores de diseño en la unión económica y monetaria comienzan a afectar decisivamente la vida diaria y horizontes de futuro de decenas de millones de personas, socavar su capacidad de autogobierno y deteriorar la calidad de la democracia, esa preocupación por cómo se gobierna Europa tiene que volver al centro del debate político.
Nos encontramos ante una situación inédita en la historia de la democracia. Históricamente, la democracia solo ha existido en dos niveles: la polis griega y el Estado-nación. Como sabemos, no hubo transición de una a otra ni coexistencia entre ambas formas: una desapareció y la otra emergió siglos después. A lo que estamos asistiendo ahora es a la difícil coexistencia de la democracia en el ámbito nacional con la emergencia, en el ámbito europeo, de un nuevo centro de poder, una nueva pauta de toma de decisiones que afecta al núcleo central de la democracia. El problema es que al igual que los mecanismos que hicieron funcionar la democracia en la ciudad-Estado no sirvieron para gobernar los Estados-nación, las actuales democracias representativas se están mostrando incapaces de gestionar eficaz y democráticamente ese sistema que está emergiendo en el ámbito europeo.
El gran logro de Europa, su verdadero patrimonio, es haber logrado construir sociedades abiertas regidas por Gobiernos al servicio de los ciudadanos y sometidos a reglas democráticas. Por definición, toda regla es imperfecta, ya que está diseñada por humanos falibles que actúan con un conocimiento limitado e imperfecto de una realidad cambiante, así que esas reglas se han construido trabajosamente, mediante ensayo y error. Ahora, el mantenimiento del carácter esencialmente democrático de nuestras sociedades depende de qué reglas del juego nos dotemos en el nivel europeo para resolver esta crisis.
Esas reglas pueden profundizar la democracia europea o profundizar el deterioro de la democracia en el ámbito nacional. Por eso, en último extremo, esta crisis es política, y sus soluciones son políticas no técnicas, y no deben ser gestionadas por tecnócratas, ni en los Estados, ni en Europa, sino por los ciudadanos y sus representantes legítimos.

domingo, 13 de noviembre de 2011

LA CRISIS EUROPEA: La democracía en peligro

REPORTAJE: Europa convulsa DESAFÍO A LA UE
La democracia puesta a prueba
La crisis del euro impulsa el populismo y la tecnocracia a nivel nacional y europeo
JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA 13/11/2011
Desde su creación hace más de medio siglo, nunca la UE ha sufrido una crisis similar. Valores que se creían definitivos, como la idea de una Europa unida o la moneda única, están en tela de juicio en medio de las sacudidas económicas. EL PAÍS inicia una serie sobre este momento crucial europeo
En lo que parece ser una nueva y peligrosa fase de la crisis, las tensiones generadas por la crisis del euro están comenzando a desestabilizar las democracias europeas. Casi dos años de dudas y divisiones, de falta de coraje y de visión política para adoptar una solución europea están cebando la desafección ciudadana, tanto hacia las democracias nacionales como hacia el propio proyecto europeo. Como hemos visto en Grecia y en Italia, la agudización de la crisis coloca a los líderes políticos entre la espada y la pared. Por un lado, temen que si adoptan nuevas y más severas medidas de austeridad sin una contrapartida en forma de planes de estímulo que garanticen un horizonte de crecimiento económico, los ciudadanos se acabarán volviendo contra ellos y, desde las urnas, las calles o los Parlamentos, llevándoselos por delante. Pero, al mismo tiempo, saben perfectamente que si se resisten a adoptar esas mismas medidas de austeridad, los mercados les penalizarán elevando su prima de riesgo y forzando una intervención exterior, lo que desencadenará su caída, o llevará a que sus socios europeos retiren el apoyo financiero que les venían prestando, lo que también provocará su caída.
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Los tecnócratas solo se legitiman si logran resultados con relativa rapidez
La amenaza de la demagogia no solo pende sobre algunos países del sur
La capacidad de decidir de nuestras naciones es hoy sumamente limitada
La crisis del euro está cebando la desafección de los ciudadanos
Esta Europa se parece mucho al FMI que imponía sus planes de ajuste
En último extremo, esta crisis es política y sus soluciones no son técnicas
En estas circunstancias, el agotamiento de la política tradicional de partidos y la sustitución de los líderes políticos por tecnócratas añaden un elemento sumamente preocupante desde el punto de vista democrático. Tanto el nuevo primer ministro griego, Lukas Papademos, como los nombres que se barajan para futuro primer ministro de Italia, Giuliano Amato o Mario Monti, economistas con destacadas carreras en bancos centrales o instituciones europeas, representan la quintaesencia del tecnócrata. El rechazo de los políticos a someter el control de sus decisiones, pasadas o futuras, a la ciudadanía, vía elecciones anticipadas o referendos, apunta a que estos están bajando los brazos frente a los mercados, que no confían en su capacidad de resolver la crisis y, sobre todo, que sospechan que su legitimidad está agotada. Así, en lugar de asumir su responsabilidad, se apartan a un lado y llaman a técnicos que (supuestamente) carecen de ideología y que (también supuestamente) conocen las soluciones que sacarán a los países de la crisis.
El paso encierra un peligro evidente, pues supone confiar la responsabilidad de gobernar un país que se enfrenta a una grave crisis económica, con enormes e inevitables repercusiones sociales, a alguien que no deriva su legitimidad de las urnas, sino de la confianza que en él depositan los mercados y las instituciones internacionales. El problema es que, tanto en el ámbito europeo como en el ámbito nacional, los tecnócratas solo se legitiman si son capaces de obtener resultados positivos de forma relativamente rápida. Dicho de otra manera: la ciudadanía puede estar dispuesta a aceptar temporalmente y como mal menor una forma benigna de despotismo ilustrado ("todo para el pueblo, pero sin el pueblo"), pero si los tecnócratas suman su fracaso al de los políticos de partido, las sociedades tendrán la tentación de recurrir al populismo (de izquierdas o de derechas), expresado en hombres-fuertes que no se paren en procedimientos ni detalles democráticos.
El deterioro de la democracia y la amenaza del populismo no solo penden sobre algunas democracias deudoras del sur de Europa. Mientras que en los países deudores una gran parte de la ciudadanía se rebela contra la imposición desde el exterior de medidas de austeridad, simétricamente, en los países acreedores (Alemania, Austria, Eslovaquia, Finlandia y Países Bajos), otra gran parte de la ciudadanía se rebela contra el empeño de sus líderes en seguir financiando los planes de salvamento de los países que sufren de iliquidez o insolvencia o, muy especialmente, contra cualquier solución que implique una nueva transferencia de poder y recursos hacia la Unión Europea.
En muchos de estos países ya hay partidos muy influyentes cuya agenda antieuropea tiene cada vez más apoyo popular, así que no hay que extrañarse de que muchos políticos de esos países se debatan entre ignorar esas demandas ciudadanas, lo que les puede costar el cargo, o seguir alimentado los planes de rescate a los países del Sur, lo que también les puede costar el cargo. Las lágrimas de la primera ministra eslovaca, Iveca Radicova, en el último Consejo Europeo, abroncada por Sarkozy por resistirse a firmar el plan de rescate para Grecia, consciente de que su aprobación suponía el fin de su carrera política y la salida de su partido del Gobierno, son muy reveladores de hasta qué punto la crisis europea se ha convertido en un factor desestabilizador de la política nacional. E incluso en Reino Unido, que no es miembro del euro, se teme que las presiones hacia una mayor unión política y económica que está desencadenando la crisis del euro se resuelvan en sentido contrario, es decir, haciendo imposible evitar un referéndum sobre la salida de Reino Unido de la Unión Europea, un referéndum que, con toda legitimidad democrática, muchos ciudadanos reclaman en nombre de su derecho a decidir sobre sí mismos y el futuro de su país, y que consideran que se les está hurtando en nombre de unas élites que saben lo que les conviene mejor que ellos.
Por tanto, la crisis está cebando el populismo y la desafección en dos direcciones: los ciudadanos de los países acreedores temen verse arrastrados a una "unión de transferencias" con los ciudadanos de los países deudores, mientras que los ciudadanos de los países deudores recelan cada vez más de unos acreedores a los que simplemente ven como policías de la austeridad sin un proyecto político alternativo que compense la erosión de su democracia. Se trata de un círculo vicioso que se retroalimenta y que tiene importantes y evidentes consecuencias sobre el futuro de la democracia y, en paralelo, del proyecto europeo.
El sentido último de la democracia es que el pueblo se gobierne a sí mismo. Por eso, aunque un gran número de ciudadanos no entiendan al detalle las causas, consecuencias y posibles soluciones de las crisis del euro, sí que tienen clara una cosa: si democracia significa capacidad de decidir, la capacidad de decisión de nuestras democracias es hoy sumamente limitada. El debate habido en España el lunes pasado entre los dos candidatos a la Presidencia del Gobierno ofrece una prueba muy evidente del dilema en el que viven atrapados los políticos nacionales en toda Europa: en la práctica, saben perfectamente que las soluciones a la crisis están fuera de nuestras fronteras. Si se crea empleo en España o se restaura el crédito a las empresas depende, entre otras cosas, del tipo de medidas que adopte el Banco Central Europeo, de los acuerdos a los que lleguemos con Alemania y otros para estimular la demanda, de si orientamos el presupuesto europeo hacia las grandes inversiones, o de si creamos impuestos sobre las transacciones financieras y las emisiones de carbono. Pero, lógicamente, para ganar el voto de sus ciudadanos, tienen que hacer creer que la solución de la crisis está en sus manos y que incluso tienen margen de maniobra para elegir qué cantidad de austeridad aplican y en qué plazos: de ahí que emplearan tan poco tiempo hablando de cómo construir una Europa que dé soluciones efectivas y duraderas a la crisis.
Al tiempo que la democracia (como capacidad de autogobernarse) se evapora del nivel nacional, no aparece por ningún lado y, especialmente, no reaparece donde debiera hacerlo: en el ámbito europeo. Más bien al contrario, en lugar de reforzar la democracia en el ámbito europeo, la crisis está sirviendo para reforzar la tecnocracia en ambos niveles: en el nacional, poniendo al mando a tecnócratas con amplia experiencia europea, y en el europeo, reforzando la capacidad de los tecnócratas, desde el Banco Central o la Comisión Europea, para supervisar a los Gobiernos de la Unión.
Como ponen de manifiesto las recientes propuestas del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, de reconfigurar las competencias del comisario de Asuntos Económicos y Monetarios, el finlandés Olli Rehn, para blindarlo frente a las presiones de otros comisarios (al parecer excesivamente sensibles a los Gobiernos de sus países de origen) y darle nuevos poderes de intervenir en la gestión económica y presupuestaria de los Estados miembros, la crisis del euro está suponiendo la expropiación implícita y por la puerta de atrás de esa capacidad de decisión en la que consiste la democracia, todo ello sin debate ni análisis sobre las consecuencias. Que el siempre excesivamente prudente Barroso y su comisario Rehn se permitieran pedir en público un Gobierno de concentración nacional en Grecia sin reparar en que hasta los muy desprestigiados ciudadanos griegos tienen todavía derecho a un mínimo de dignidad democrática, refleja muy bien hasta dónde han llegado las cosas: a los ojos de muchos, esta Europa de la austeridad donde un portugués y un finlandés no respaldados por las urnas pueden sugerir quién debe gobernar un país se parece sospechosamente al Fondo Monetario Internacional que campeaba por América Latina en los años ochenta imponiendo planes de ajuste sin rendir cuentas ante nadie.
Resulta pues evidente que la crisis del euro y la crisis de las democracias están íntimamente relacionadas, y no podrán ser resueltas la una sin la otra. Aunque la crisis actual se desencadena por el choque financiero que supuso la caída de Lehman Brothers en 2008, la crisis del euro se origina en un doble error de diseño. Fueron muchos los que dijeron entonces que, además de los desequilibrios en el sector público, había que supervisar los desequilibrios en el sector financiero, y controlar la pérdida de competitividad y el deterioro de las balanzas comerciales de los Estados. Pero en tiempos de bonanza, esos errores de diseño, económico y político, fueron ignorados, porque no hay nada más legítimo que lo que funciona bien. El caso es que, desde el punto de vista económico, el euro se lanzó sin estar respaldado por un Tesoro europeo y una política fiscal común. Y en paralelo, la unión económica y monetaria nació sin un sistema político que gozara de la suficiente legitimidad para respaldarla.
La preocupación por la democracia en el ámbito europeo, que emergió tras la rebelión ciudadana contra el proyecto europeo puesta de manifiesto en el rechazo a la Constitución Europea en Francia y los Países Bajos en 2005, y por el auge del euroescepticismo, puesto de manifiesto en las elecciones europeas de 2009, fue dejada en un segundo plano y apartada como algo incómodo. El problema es que, al igual que la bonanza en la que han vivido muchos países europeos, incluido España, durante la última década, tiene que ver con esos errores de diseño del euro, que inundó de dinero barato muchas economías y alimentó los desequilibrios; la recesión en la que nos adentramos ahora también tiene que ver con el diseño de la unión monetaria, con un Banco Central Europeo centrado en la inflación, y no en el crecimiento y el empleo, y sin más capacidad que la de parchear la crisis, pero no de solucionarla definitivamente.
En una Unión Europea boyante, la preocupación democrática era más bien de carácter estético. Pero cuando los errores de diseño en la unión económica y monetaria comienzan a afectar decisivamente la vida diaria y horizontes de futuro de decenas de millones de personas, socavar su capacidad de autogobierno y deteriorar la calidad de la democracia, esa preocupación por cómo se gobierna Europa tiene que volver al centro del debate político.
Nos encontramos ante una situación inédita en la historia de la democracia. Históricamente, la democracia solo ha existido en dos niveles: la polis griega y el Estado-nación. Como sabemos, no hubo transición de una a otra ni coexistencia entre ambas formas: una desapareció y la otra emergió siglos después. A lo que estamos asistiendo ahora es a la difícil coexistencia de la democracia en el ámbito nacional con la emergencia, en el ámbito europeo, de un nuevo centro de poder, una nueva pauta de toma de decisiones que afecta al núcleo central de la democracia. El problema es que al igual que los mecanismos que hicieron funcionar la democracia en la ciudad-Estado no sirvieron para gobernar los Estados-nación, las actuales democracias representativas se están mostrando incapaces de gestionar eficaz y democráticamente ese sistema que está emergiendo en el ámbito europeo.
El gran logro de Europa, su verdadero patrimonio, es haber logrado construir sociedades abiertas regidas por Gobiernos al servicio de los ciudadanos y sometidos a reglas democráticas. Por definición, toda regla es imperfecta, ya que está diseñada por humanos falibles que actúan con un conocimiento limitado e imperfecto de una realidad cambiante, así que esas reglas se han construido trabajosamente, mediante ensayo y error. Ahora, el mantenimiento del carácter esencialmente democrático de nuestras sociedades depende de qué reglas del juego nos dotemos en el nivel europeo para resolver esta crisis.
Esas reglas pueden profundizar la democracia europea o profundizar el deterioro de la democracia en el ámbito nacional. Por eso, en último extremo, esta crisis es política, y sus soluciones son políticas no técnicas, y no deben ser gestionadas por tecnócratas, ni en los Estados, ni en Europa, sino por los ciudadanos y sus representantes legítimos.