lunes, 9 de enero de 2012

El estado de bienestar

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Lunes 09-01-2012 20:57 Portada > Opinión

TRIBUNA: JOSÉ LUIS PUERTA Muerte y resurrección del Estado de bienestar

09-01-2012 Cuando la marcha del progreso, que percibimos como imparable, hace una inflexión y nos vemos amenazados por males ya superados, aceptamos cualquier explicación, excepto una: que nuestra suerte es también la consecuencia de nuestras faltas. Por eso, si queremos que los derechos sociales no queden estancados y se pudran, es menester superar antes un importante obstáculo. Un error que nos impide entender qué son las prestaciones sociales. Pues hemos mezclado dos conceptos: el derecho que todos tenemos a una asistencia sanitaria o una educación de calidad con su gratuidad universal, sin que importe el nivel de renta de sus beneficiarios. Desenfoque que muchas veces hace que los pobres subvencionen a los ricos.

Un ejemplo de esto es el cheque-bebé, pues Zapatero no se conformó con crear un subsidio para corregir nuestra baja natalidad, apoyando a aquellas ciudadanas que la falta de recursos las disuade del embarazo, medida que hubiera sido inobjetable; sino que, por puro prurito ideológico, lo universalizó y extendió también a las mujeres con ingresos elevados, cuya decisión sobre ser o no madre no guarda relación con su peculio. El descarrío costó 4.000 millones de euros y tan necesaria ayuda para muchas familias se suprimió.

Esta concepción de que todo debe ser universal y gratuito hace que el Sistema Nacional de Salud (SNS) pague casi todo el importe de las prescripciones farmacéuticas, quizá con el fundamento de que los ciudadanos no pueden hacer frente a su coste. Pues bien: en 2010, mientras el SNS atendía una factura de 11.644 millones de euros por las recetas de sus asegurados, los estancos vendían 12.061 millones de euros (los montos de Canarias, Ceuta y Melilla están excluidos de ambas cifras). En concreto en Cataluña, donde no se están haciendo recortes sino una reforma sanitaria subrepticia y en solitario, el SNS pagó por las medicinas 1.842 millones de euros y se expendió tabaco por valor de 2.226 millones. Los números siguen siendo elocuentes, pese a que un 35% de nuestras labores las adquieren turistas.

Aún doy otro dato: si cada usuario pagase sus medicinas con un precio inferior a tres euros, el SNS se ahorraría unos 600 millones de euros al año (¡que podrían dedicarse a la Dependencia!). Reflexión parecida puede hacerse sobre los libros de texto. No se entiende que, ahora que los españoles no tenemos más de un hijo, haya CC AA donde todos los estudiantes los reciben gratis, seguramente a algunos deberían comprárselos sus padres.

Si nos guiara la razón y el afán de equidad, podrían fijarse porcentajes de cofinanciación en función de la renta y no de la edad. Esto moderaría la demanda y ahorraría al erario una parte de aquellas prestaciones que, salvo excepciones, cada cual puede atender -según sus posibilidades- sin mayor esfuerzo. Pero se prefiere el subsidio universal, olvidando el fundamento más nuclear de los derechos sociales: garantizar que nadie carezca, por falta de medios, de lo básico, que es algo distinto a dar gratis lo esencial a todos. Esta inepcia hace que algunas prestaciones estén sobrevaloradas a costa de ignorar otras, o que no lleguen a los que de verdad las precisan porque se abusa de ellas. Además, se logra que se estime poco lo recibido.

Ya no es momento para el debate sobre el copago, sino para otro distinto como ha ocurrido en los países más avanzados. Por eso, hemos de interiorizar que los recursos para las prestaciones sociales son limitados y compiten con otras actividades -como la ciencia o la conservación del medio- que el Estado necesita mantener para que nuestro progreso continúe. Y debemos aceptar que los recursos públicos ni están para hacer galeotes del pupitre a aquellos estudiantes que no quieren aprender, porque se decidió que todos deben ser bachilleres; ni para subvencionar, sin cortapisas, universidades mediocres que solo embodegan jóvenes para, luego, licenciarlos en un campo en el que nunca ejercerán.

Quizá, en una sociedad tan heterogénea como la actual, se eche en falta un Estado de bienestar más flexible y capaz de ayudar en las verdaderas necesidades de cada ciudadano, y no solo las que han planificado terceros. Es un sinsentido mantener el sistema de protección social al borde del colapso por obstinarnos en perpetuar soluciones universales, enlatadas y gratuitas, propias de tiempos pretéritos. Que, luego, no resuelven algo tan patente y actual como la pobreza, consecuencia de un desempleo intolerable, que impide a muchos atender el recibo de la luz o llenar el carro de la compra. Además, por mero utilitarismo, debería prestarse más atención a las necesidades de la extensa clase media, pues está cansada de oír salmodias sobre derechos de los que apenas se beneficia y de ver cómo sus impuestos se malgastan en superfluidades.

Se trata, por tanto, de cambiar el paradigma, esto es, convertir el viejo Estado paternalista, empeñado en darnos a todos camisetas de talla única, en un Estado que esté más pendiente de la calidad y variedad de los servicios sociales; y nos deje elegir y ser corresponsables -como ciudadanos adultos que somos- de las posibles soluciones para esas necesidades incuestionables que a (casi) todos nos superan.

domingo, 8 de enero de 2012

Mascaradas invernales en pueblos zamoranos

Fiestas invernales en Zamora,mascaradas de invierno

En algunos pueblos, por iniciativa de los propios vecinos, han surgido ya asociaciones ligadas a las celebraciones que aseguran la continuidad de las fiestas invernales

Zamora, que siempre aparece en la parte subterránea de las listas provinciales de desarrollo económico, luce en la punta más visible del mapa de manifestaciones populares con raíces. El hecho de que esta provincia haya estado apartada de las grandes rutas de comunicación, sobre todo las comarcas del oeste que limitan con Portugal, ha propiciado el mejor clima para conservar manifestaciones tradicionales como las mascaradas de invierno, retazos de una cultura agraria y ancestral que agoniza en el conjunto del país y que aquí tiene todavía cierto tono vital, que es imprescindible mantener como ejemplo e ideario de un tiempo pasado. Es tal la importancia etnográfica de las fiestas hiemales de la provincia que, conjuntamente con las que se celebran en la región norte de Portugal, son el iceberg de un proyecto en marcha que tiene como objetivo arrancar a la Unesco la declaración de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, consideración que beneficiaría también a otras manifestaciones de antruejo de diferentes provincias españolas y de varios países europeos. Zamora suma casi una treintena de mascaradas de invierno, aunque solo una decena tiene continuidad anual y el resto se celebran dependiendo del interés vecinal o, cada vez más, de la implicación de los naturales que vuelven por estas fechas a sus localidades de origen. La despoblación del ámbito rural marca el futuro de estas celebraciones que llevan años acusando la escasez de jóvenes y que, en muchos casos, ha secado la fuerza que las mantenía vivas. La Diputación Provincial y la Cámara Municipal de Braganza iniciaron hace ya cinco años un proyecto de colaboración con el fin de potenciar las mascaradas y buscar el apoyo de la UE a través del programa Interreg III. Fruto de esta colaboración es el Museo de la Máscara de Braganza y los desfiles que se celebran anualmente tanto en ciudades lusas como en Zamora capital donde se muestran un gran número de fiestas de este tipo y que han estado acompañados desde el principio del éxito popular por su colorido y singularidad, y porque, además, suponen una muestra etnográfica viva e itinerante. Pero hay compromisos que se enunciaron dentro de este proyecto que aún no se han cumplido y que resultan urgentes e ineludibles según se ha puesto de manifiesto en los últimos años. Está pendiente la elaboración de un catálogo conjunto para la promoción y difusión de estas fiestas, así como la creación de una ruta de artesanos y, sobre todo, falta un calendario oficial con las fechas y horarios de celebración. Alcaldes, vecinos y visitantes se han quejado de la falta de coordinación en este sentido que ha enfadado a propios y extraños y que ha hecho que muchas personas que han venido a la provincia atraídas por estas celebraciones no hayan podido verlas por la coincidencia en su desarrollo o porque se han celebrado sin horario previo. La Diputación de Zamora y la Cámara Municipal de Braganza tienen que activar el convenio y desarrollarlo en su totalidad para que no se vuelva a repetir el caos organizativo que ha impedido a las mascaradas hispano-lusas brillar en su conjunto. Las dos instituciones tienen que potenciar también los pequeños centros museísticos en los pueblos donde se desarrollan estas manifestaciones para que los visitantes puedan conocer la transcendencia de las distintas celebraciones y han de hacer frente a la despoblación articulando mecanismos que aseguren la supervivencia de estas fiestas ancestrales. En algunos pueblos, por iniciativa de los propios vecinos, han surgido ya asociaciones ligadas a las celebraciones que aseguran la continuidad de las mismas y suponen la mejor garantía de control de unas fiestas que están amenazadas por un futuro que vive ya en los grandes núcleos de población. La falta de jóvenes en el ámbito rural supone el principal freno. Las instituciones deben impulsar la constitución de estos colectivos culturales así como la presencia de la mujer en estas manifestaciones, controlados desde siempre por los hombres, a pesar de que la figura femenina es una constante en la parafernalia de las distintas celebraciones. Zamora y Braganza deberían implicarse más en el impulso de estas fiestas y agilizar todo lo posible la redacción del expediente para solicitar la protección de la Unesco. La consecución de la declaración de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad sería la mejor garantía para mantener viva una herencia que bebe seguramente más allá de las saturnales romanas y que supone la fotografía más viva de una forma de vida que ha dado origen a lo que ahora somos. No estaría de más que la Diputación Provincial de Zamora propiciara un congreso internacional para empujar definitivamente una declaración que haría justicia a la transcendencia simbólica de unas manifestaciones cada vez más importantes por lo insólito y porque reflejan un universo del que ya solo queda el borrajo, además de suponer un atractivo turístico de primer orden.

VIDEO RELACIONADO CON LAS MASCARADAS DE INVIERNO DE ZAMORA


La Opinión de Zamora. 8 de enero de 2011

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La generación del cambio:Lops millennials

TRIBUNA: PABLO SALVADOR CODERCH Los 'millennials' y sus padres

08-01-2012 Los demógrafos llaman millennials a los nacidos entre 1982 y 2000. Nosotros, los denominados baby boomers, somos sus padres y llevamos tiempo batiéndonos en retirada. No deberíamos.

Muchos millenials creen que el paro es su primer problema vital. No es así: nosotros lo somos. El excepcional dividendo demográfico que benefició a nuestra generación, cuando había mucha gente adulta pero pocos abuelos, se ha agotado y no volverá.

En España, la diferencia entre el número de las personas nacidas en 1952 y en 1982 es de 77.000 a favor de las primeras. Pero la que media entre los nacidos en 1970 y en 2000, respectivamente, es de 266.000. Así, habrá cada vez más baby boomers jubilados o dependientes a cargo de menguantes cohortes demográficas de millennials.

Por ello, habremos de retirarnos más tarde de lo que previmos, algo que todavía muchos europeos de nuestra generación se niegan a aceptar, pero que cualquiera de nosotros que no tenga un empleo extenuante debería asumir. La burbuja demográfica ha estallado y no tenemos ningún derecho a hacer pagar las consecuencias a nuestros propios hijos.

El desempleo es ciertamente el segundo problema de los millennials, particularmente en España, donde la tasa actual de paro es entre dos o tres veces mayor que en Europa Occidental: los españoles contamos con menos del 15% de la población de la eurozona, pero tenemos el 30% del paro.

De nuevo, nosotros los baby boomers hemos de dar ejemplo, pues quienes tenemos un trabajo creemos que es para siempre, y bloqueamos el acceso al empleo a quienes carecen de él. No soy diputado a Cortes, solo funcionario, pero algo puedo proponer para desbloquear mi plaza vitalicia: dejo aquí y ahora constancia de que mañana mismo renunciaría a mi cátedra en propiedad si me ofrecieran la posibilidad de concursar a otra por contrato y los concursos fueran a basarse exclusivamente en el mérito y la capacidad. Algo habré de dejar hecho por mis propios hijos.

Ahora bien, parte del esfuerzo habrá de provenir de ellos mismos. Están, desde luego, mucho mejor educados de lo que lo estuvimos nosotros, pero en su formación se observan dos brechas: la primera, el elevado nivel de fracaso escolar en la educación obligatoria; y la segunda, el reducido número de titulados en enseñanzas profesionales de grado superior si se compara con el de estudiantes universitarios por 1.000 habitantes, superior en España al de casi todos los países europeos más desarrollados.

Los profesores de universidad de mi generación, desfachatados baby boomers, cometimos pecados sin cuento y tan pronto como se puso de manifiesto la caída demográfica en las nuevas matrículas de estudiantes y aterrados ante la posibilidad de que se amortizaran nuestras plazas de profesor, forzamos grados de Bolonia de cuatro años, tumbando los de tres, que hacían mucha más falta.

Tampoco acertaron nuestras débiles autoridades educativas a la hora de entusiasmar a empresas y centros de enseñanza para ofrecer conjuntamente ciclos formativos superiores atractivos. Ahora los recursos se han de destinar a combatir precozmente el fracaso escolar caso por caso y a reeducar a nuestros adultos sin empleo. Si en los próximos 10 años conseguimos rescatar a la mitad de quienes se han quedado en puertas de la empleabilidad, la generación de los millennials triunfará.

Y lo hará, seguro. Hay motivos para el optimismo. Uno es que, como ha escrito un baby boomer, Bill Gates, nunca antes en la historia había habido tanta gente joven tan bien formada, tan capaz de innovar y de romper por tanto con la línea plana de tendencia que nos deprime: los cambios llegarán. Otro lo verán si emprenden un viaje imaginario: cuelguen un mapa de Europa Occidental en la pared, aléjense unos metros y arrojen un dardo sobre él. Vean entonces cuál es la ciudad más próxima al blanco. Es una ciudad maravillosa, dotada de unas infraestructuras excepcionales y de una calidad de vida envidiable. Repitan la experiencia sobre el resto de los continentes y comprobarán que los aturdidos europeos de hoy en nada tenemos que envidiar a casi nadie: 25 de las 50 mejores ciudades por calidad de vida, según el afamado ranking de Mercer Consulting, se encuentran en Europa. Madrid y Barcelona están ahí y Valencia figura como una de las 10 ciudades preferidas por la guía Lonely Planet. Los millennials, hijos nuestros, saben que Berlín está a 150 euros de Madrid en avión. El mundo quiere ser como Europa y Europa despertará gracias a los millennials. Sed bienvenidos.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Los ordenadores en las aulas

ORDENADORES EN LAS AULAS:¿Y AHORA QUÉ?


Sociedad

El Pais

Los debates pedagógicos son casi infinitos, pero hay uno que ya está cerrado: el de introducir o no las nuevas tecnologías en las aulas. Existe el consenso internacional de que deben estar presentes y la gran mayoría de los países desarrollados llevan tiempo incorporando ordenadores y pizarras digitales a los centros escolares. Lo que ahora está en cuestión es cómo usarlos. Porque las tecnologías por sí solas son solo una ayuda. El reto que se plantea la mayoría de los expertos es cambiar las metodologías y los currículos.

La apuesta decidida por las tecnologías en las aulas en España se llama Escuela 2.0. Fue anunciada por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en mayo de 2009 y se proponía distribuir más de un millón y medio de ordenadores portátiles entre alumnos, más de 80.000 equipos para los profesores, la creación de otras tantas aulas digitales (con acceso a Internet y pizarras electrónicas) y la puesta a disposición de los docentes de un amplio catálogo de programas informáticos para usar estos avances.

En cifras, se ha recorrido algo más de un tercio del camino, pero todavía queda mucho para conseguir lo que pregona Antonio Pérez Sanz, uno de los impulsores del programa desde la dirección del Instituto de Tecnologías Educativas: "Hay que modificar el papel del profesor. Debe dejar de ser un orador o instructor que domina los conocimientos para convertirse en un asesor, orientador, facilitador del proceso de enseñanza aprendizaje y mediador entre los alumnos y la realidad utilizando las tecnologías".

Para llegar a este objetivo hay que dar dos pasos indispensables: la introducción de la tecnología y la formación del profesorado. Aunque es uno de los ejes del programa Escuela 2.0, la instrucción que reciben los docentes es muy deficiente, según explica Julio Díaz Escolante, del sindicato independiente Anpe. "La formación no se ha abordado en condiciones en ninguna comunidad", comenta. "Se está dotando de muchos medios a los centros y no se les saca rendimiento. Los alumnos están muchas veces más formados que sus maestros", añade.

La falta de formación, que se limita a unas pocas horas, provoca que haya una enorme heterogeneidad entre el aprovechamiento de la tecnología y que dependa sobre todo de la motivación de los profesores y de sus conocimientos previos o adquiridos ad hoc. Además, la mera formación teórica sobre informática no es suficiente.

En opinión de Pere Marquès, director del grupo de investigación de Didáctica y Multimedia de la Universidad Autónoma de Barcelona, tan importante como esta formación y la propia tecnología lo es un tercer eje: "Darle al docente motivos para usarla". Según dice, hay muchos. "Uno es un fracaso escolar que no baja desde hace años. Probemos estas nuevas herramientas, a lo mejor pueden solucionar el problema. Otro, igual de importante, es que la sociedad de hoy es distinta a la de hace 30 años. Siempre estamos conectados a Internet. Lo que hoy requieren los ciudadanos no es memorizar todo aquello que pueda ser necesario, sino saber encontrarlo. Lo que hace falta es enseñar a resolver problemas lo más rápidamente posible", argumenta Marqués. La introducción de la tecnología en las aulas es un paso importante, pero insuficiente, desde su punto de vista. "Habría también que cambiar los objetivos y los métodos", subraya.

Es la misma línea que exponen la mayoría de expertos en pedagogía y nuevas tecnologías. Manuel Area, catedrático de Didáctica y Organización Escolar en la Facultad de Educación de la Universidad de La Laguna (Tenerife), insiste en que meter tecnología en las aulas no es sustituir libros por máquinas. "Tendría que replantearse más fuertemente el currículum y el sistema escolar. Nuestra escuela sigue teniendo una visión casi del siglo XIX, con asignaturas aisladas unas de otras. En el siglo XXI todo debería estar más integrado, con más propuestas de problemas que los estudiantes tengan que resolver e indagar. Otro planteamiento importante es que el aprendizaje tiene que ser colaborativo, no individual", propone.

A pie de aula, Antonio García Aguilera, profesor del instituto Torre Almenara de Mijas (Málaga), ve con cierto escepticismo las lecciones teóricas sobre el uso de las tecnologías. Admite que se le pueden extraer usos positivos, sobre todo en pequeños grupos. "Pero no es la panacea que nos vende la Administración", subraya. Para empezar, por una cuestión mucho más cotidiana que los argumentos metodológicos: "Con grupos de 30 como los que solemos manejar, lo más normal es que haya una decena que olvida el ordenador. ¿Qué haces con ellos? Después tardas en enchufarlos, en que los niños entren en los programas que deben, hay cortes de conexión, en ese lapso se distraen, pierden el hilo. Lo mismo sucede con la pizarra digital. No es fluido".

En los foros de profesores es fácil encontrar una opinión que comparte Antonio García: "El sistema educativo está muy falto de recursos como para gastar tanto en ordenadores". Él hace hincapié en la necesidad de más profesorado para bajar la cantidad de alumnos por aula. "En una clase de lengua conseguimos partir en dos grupos de 15 escolares uno de 30 y las mejoras fueron muy superiores a las que consigue cualquier tecnología", explica.

La gran mayoría de los profesores que ha comenzado a usar ordenadores y pizarras digitales, sin embargo, considera necesario el programa Escuela 2.0, según un estudio todavía no publicado que está realizando el catedrático Manuel Anarea entre 4.000 docentes de toda España. Con resultados todavía provisionales, casi el 90% expresa esta opinión.

Este programa, aunque sí es probablemente el más ambicioso, no es el primero que se propone el uso de nuevas tecnologías en las aulas. Ya a mediados de los ochenta, el Ministerio de Educación puso en marcha los proyectos Atenea, para introducir equipos informáticos en los centros, y Mercurio, que pretendía incorporar recursos audiovisuales, como vídeos o diapositivas. Desde entonces, la suma de avances en las aulas ha sido continua, aunque poco sistemática. En opinión de Ángel Fidalgo, del Laboratorio de Innovación en Tecnologías de la Información, el uso de los ordenadores suele dar "un subidón" al introducir algo nuevo que queda en casi nada cuando queda obsoleto. "El programa Escuela 2.0 es necesario, pero puede suceder lo mismo si se mantienen las mismas metodologías", añade.

El cambio de enfoque no puede ser rápido. En educación los resultados nunca lo son. "Pero añadir tecnologías es inevitable porque así funciona el mundo que nos rodea", asegura Marquès. También la mayoría de los países desarrollados incorporan de una u otra forma ordenadores en las aulas. En los países nórdicos la tecnología es "más invisible", en palabras de este investigador. El centro está perfectamente equipado para que puedan tener acceso a ella cuando la necesiten, pero no se centran tanto en el ordenador por cada alumno. Los países anglosajones sí la tienen muy presente.

Varios Estados de EE UU cuentan desde hace tiempo con equipos para todos sus alumnos. En algunos centros, según Marquès, tuvieron que dar marcha atrás porque comprobaron que "habían dado más importancia a la máquina que a las actividades". "Han tenido que rectificar porque solo con tecnología no se arreglan todos los problemas. Que cada uno trabaje a su aire es muy bonito, pero los alumnos necesitan orientación, deben tener claro qué aprender", explica.

Un instituto de Los Altos, en California, probó el pasado curso una experiencia piloto que ha dado resultados notables. Tan solo el 3% de los que participaron en ella sacó calificaciones por debajo de la media en un examen de final de curso. Aplicaron el método de un extrabajador de un fondo de inversión que grabó vídeos en YouTube para ayudar a un primo con las matemáticas. Comenzaron a tener decenas de miles de visitas e hicieron que su creador, Salman Khan, dejase su empleo para dedicarse por completo a la educación mediante la Khan Academy, una institución sin ánimo de lucro apadrinada por Google y Bill Gates. Hoy hay más de 2.500 vídeos en la Red que van desde las matemáticas a la biología, de la astronomía a las finanzas, vistos por más de dos millones de personas al mes. Su idea es llevar el ordenador a las aulas, no como un complemento, sino como un eje.

Al contrario de lo que se puede pensar, la intención de Khan no es sustituir a los profesores, sino hacerles aprovechar mejor el tiempo. "Ya no tienen que perderlo en dar explicaciones generales, los niños las pueden ver en los vídeos cuantas veces quieran y hacer los ejercicios que necesiten en la web. El maestro los monitoriza, sabe cuáles son los problemas de cada escolar y puede atenderlo individualizadamente, de forma que los alumnos aventajados pueden avanzar más rápido y los lentos son mejor atendidos en un proceso de aprendizaje asimétrico. No es deshumanizar la enseñanza, sino todo lo contrario", explica Khan.

Dentro de la heterogeneidad de uso de las tecnologías que hay en España, existen ejemplos parecidos. Miguel Carlos de Castro, profesor de tecnología del IES Concepción Arenal de Ferrol (A Coruña), incorporó a sus clases un sistema muy similar: una página web con recursos, documentación, problemas, chuletas, ejercicios, que tiene también un sistema de preguntas tipo test que permiten evaluar el avance del alumno. Los profesores pueden seguir instantáneamente el progreso del alumno y comprobar qué materiales ha usado y con qué éxito. Se llevó un premio a la diversidad de la Xunta de Galicia por la posibilidad que daba a los alumnos de seguir su ritmo, ya fuese más o menos rápido.

Pero hoy por hoy no hay un modelo universal. Las asignaturas más técnicas son más propicias para métodos como los anteriores y otras, de la rama de humanidades, tienen más difícil encaje en un sistema así. Los ordenadores están ahí, pero todavía hay que perfilar cómo aprovecharlos.

Los datos de la Escuela 2.0 - Inversión. 800 millones financiados al 50% entre el Ministerio de Educación y las comunidades autónomas. Participan todas excepto Valencia y Madrid.

- Objetivos. Distribuir más de 1,5 millones de ordenadores portátiles, más de 80.000 ordenadores para los profesores y las aulas, y la dotación y equipamiento de unas 80.000 aulas digitales.

- Estado actual. Se han repartido 632.313 ordenadores entre alumnos de quinto y sexto de Primaria y primero y segundo de ESO, ya hay 26.798 aulas digitales y 160.111 profesores formados.

- Formación al profesorado. Existen 70 materiales modulares que dan origen a más de 300 cursos. En las convocatorias (se hace una en octubre y otra en febrero) de los cursos 2009-10 y 2010-11 han participado más de 50.000 profesores de toda España.

- Déficit. El primer examen de lectura digital que ha hecho el informe Pisa muestra que en España, uno de cada cuatro alumnos de 15 años tiene serias dificultades para navegar por internet a pesar de estar familiarizado con las tecnologías. El porcentaje es superior a la media, que se sitúa en el 17% de los escolares.

Formas de adaptarse a los cambios "El hecho de meter un ordenador en el aula va a dar problemas. Es como un coche: hay que repararlo, aparcar, pagar impuestos... Si lo vamos a usar para ir a la panadería de enfrente, no nos merece la pena, pero si hacemos largos recorridos, sí. Con la tecnología sucede igual, hay que darles a los profesores los motivos para usarla y aprovecharla". Es la filosofía de Pere Marquès, de la Universidad Autónoma de Barcelona y cuyo trabajo consiste, en buena parte, en dar estos motivos. Pone ejemplos de cómo mejorar las clases con ordenadores: "Yo explico como toda la vida mis lecciones. Bien. Pero, por favor, cuando expliques, ¿por qué no las acompañas con una pizarra digital con vídeo introductorio, para motivar? Cuando explicas la célula, usa una proyección que la amplíe. Es más motivador". Otro ejemplo: "Puedes decir que, como la semana que viene vamos a estudiar la célula, busquen en Internet algo sobre ella. Los alumnos podrán explicárselo a sus compañeros y esto les hace participar. Y aunque haya hecho un copia y pega, el de tener que explicarlo les hará aprender".

El Ministerio de Educación ha puesto en sus páginas web una gran cantidad de recursos para que los niños hagan ejercicios y aprendan de una forma distinta, más amena. En principio, resulta fácil captar su atención, pero este efecto no es permanente, según explica Antonio García, profesor de un instituto de Mijas: "Sucede como antiguamente con las diapositivas, las primeras veces que las pones, los niños atienden, pero después se acostumbran y dejan de hacer caso". Este docente, que aplica las tecnologías con satisfacción en geografía u ortografía, reclama que las nuevas metodologías que impulsan muchos pedagogos no deben cambiar radicalmente el sistema.

"Las clases magistrales en secundaria ya no existen. Entre otras cosas porque los niños no son capaces de prestar atención durante una hora seguida. Desde hace tiempo se les dan otros estímulos. Pero también hay que fomentar la concentración y el pensamiento reflexivo, que se está perdiendo en parte por las nuevas tecnologías", explica García. De hecho, hay estudios que muestran cómo la multitarea en Internet hace que cueste más la concentración y otros que prueban que el funcionamiento de la memoria está cambiando por el efecto Google, es decir, porque uno sabe que tiene la información al alcance de la mano.



Publicado en Edición Impresa en la sección de Sociedad Versión texto accesible Edición de Bolsillo, edición para PDA/PSP ó Móvil Edición Impresa en PDF - 10-10-2011



LECTURA CON ISSU




¿SE ROMPERÁ EUROPA?

¿Se romperá la UE? En una palabra: no
Claudi Pérez - Madrid
19-11-2011

Tal vez no lo parece, pero esto es un reportaje. Cuando en el mundo sucede algo grave, los diarios suelen mandar a un reportero para tener una mirada del desastre de primera mano. Cuando la catástrofe es económica, y eso viene siendo frecuente, siempre hay un periodista dispuesto a viajar hasta algún lugar recóndito (México y Argentina; Japón y Tailandia; últimamente enclaves menos exóticos, Nueva York, Atenas, Dublín, Atenas, Atenas, Atenas) para ejercer ese viejo oficio que consiste en ir, ver y contar. Pero esta vez no hay que coger el avión. Para escribir este reportaje no hace falta moverse de Madrid. Esta vez los bárbaros están a las puertas de Europa y pueden provocar un accidente financiero. Incluso más allá de la economía: el declive económico suele anunciar, en general, la decadencia de los imperios. ¿Tiene sentido empezar a pensar qué sería de Europa sin euro, incluso sin esa UE envejecida y esclerótica que pierde peso en el nuevo orden del capitalismo global? Puede tenerlo: la probabilidad de ese accidente (la fractura de la mismísima UE) es ínfima, pero ha dejado de ser nula.
Europa vivió siempre en perpetua crisis: las crisis han sido su principal motor de progreso. Y una vez más los analistas piensan que aún hay margen, que la UE se acerca peligrosamente al abismo, pero al final sabrá encontrar una solución. El problema es esa manía que consiste en acercarse tanto al precipicio, y tan a menudo. Una fractura del euro es posible: puede que algún país decida abandonar la eurozona sin salir de la UE tras una sobredosis de recortes que puede ser contraproducente. Incluso la posibilidad más extrema, una quiebra de la Unión, no puede descartarse de forma categórica. Y en caso de sustanciarse dejaría duras secuelas: un caos financiero, económico y social; probablemente, una depresión global. Y 60 años de esfuerzos tirados a la basura.
La fractura de la UE sería el equivalente a una guerra incruenta, explica Charles Grant, del Center for European Reform, un think tank europeísta con sede en la habitualmente eurófoba Londres. Por eso no puede suceder: no va a suceder, según Grant y la práctica totalidad de la docena de expertos en varios ámbitos consultados. Lo peor ya es perfectamente posible. Pero un final desordenado de la UE son palabras mayores. Hasta ahora, Europa ha sabido reaccionar, aunque haya sido en el último suspiro, a regañadientes. Pero quizá seguir pensando que vamos a encontrar la puerta de salida sea un ejercicio de voluntarismo: confieso que ahora mismo ya no estoy tan seguro, asume Josep Borrell, expresidente del Parlamento Europeo y presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia.
En momentos bisagra de la historia, un acontecimiento capital trastoca el orden de las cosas, influye sobre la trayectoria de una sociedad y desata un movimiento tectónico. Reino Unido abandonó el patrón oro en 1931 y dio paso a la primacía norteamericana. Cuarenta años después, EE UU rompió la relación entre dólar y oro en 1971 y formalizó el inicio de un largo declive que se resume así: Occidente deja paso a Oriente. Las fechas son caprichosas: de nuevo 40 años más tarde le toca el turno a Europa y su euro, con una crisis que subraya su propia agonía y esa imparable pujanza del Este. Porque la crisis del euro esconde cicatrices profundas: la narrativa del proyecto europeo se ha agotado. Sesenta años después del Tratado de Roma, Europa no sabe qué historia quiere contar.
Un relato político compartido sostuvo durante tres generaciones el proyecto de integración europea, pero esa narración se ha desmoronado. La mayoría de los europeos, incluidos sus líderes, no saben ya de dónde vienen, y mucho menos hacia dónde quieren ir. Nadie se acuerda de que el proyecto sirvió para enjaular peligrosos diablos. Estamos cada vez más sometidos a esa idea de que es imposible cabalgar el tigre feroz que llamamos mercados. Y lo más importante: somos incapaces de construir un nuevo relato, que debe consistir en que la política vuelva a tomar las riendas, explica José Enrique Ruiz-Domènec, catedrático de Historia de la Autónoma de Barcelona.
Europa apesta a dinero, pero las consecuencias de ese estado de excepción financiera permanente no son solo económicas: Francia e Italia han sugerido una suspensión del área Schengen por la llegada de inmigrantes. Los populismos y nacionalismos emergen en Finlandia, en Holanda, en Austria, en Francia, en una ola que amenaza con alcanzar a Alemania. El Estado del bienestar está temblando. Y los recortes y ese ascenso de la tecnocracia que imponen entre Berlín y los mercados han elevado la temperatura social. La UE se está muriendo. No es una muerte dramática, sino a cámara lenta, en una decadencia que pone en peligro un proyecto que se daba por asentado, explica Timothy Garton Ash en Los hechos son subversivos.
El triste espectáculo de dudas, sospechas, inquietudes, odio encubierto, buenas palabras que nunca se traducen en hechos y errores descomunales aboca a una situación crítica. Y los problemas económicos, con ser importantes, esconden dificultades de otra índole: esta es una crisis política y el edificio institucional europeo no es suficientemente sólido. Pero no hay alternativa a la UE más allá del caos. El panorama es inquietante, pero eso no es nuevo para Europa, condenada a avanzar a sacudidas, explica el sociólogo Salvador Giner.
Sin soluciones en Bruselas y Berlín, los mercados huelen sangre. Los pesimistas van en aumento e incluso retumban voces catastrofistas: el economista Bernard Connolly, el más siniestro apocalíptico de la UE, recibía esta semana tratamiento de estrella en The New York Times: La actual política europea acabará provocando malestar social. Y no hay que olvidar que en esos países [Grecia, Irlanda, Portugal y España] ha habido guerras civiles, dictaduras fascistas y revoluciones. Ese es el futuro si esta locura maligna de la unión monetaria prosigue.
Connolly, que trabajó en la UE en los años noventa y dirige ahora una consultora en Nueva York, declinó desarrollar su punto de vista en estas páginas. Pero no hace falta cruzar el charco para encontrar eurófobos: los hay incluso en el Parlamento Europeo. Enrique Barón, convencido europeísta que presidió esa Cámara en los años noventa, desdeña los planteamientos extremos de quienes se empeñan en hacer sonar trompetas de Jericó, pero no elude hablar de riesgos. Europa, con apenas el 6% de la población mundial, es la primera potencia comercial del globo. Pero sin unión corre el peligro de ceder aún más protagonismo a EE UU y a las potencias emergentes: China y compañía. Sin UE, Europa sería un amasijo de particularismos, de territorios con mucha historia, grandes museos y ningún futuro, avisa. El historiador Kevin ORourke resume el peligro que acecha: Lo peor es que esa ruptura podría llegar tras años de austeridad impuesta a algunos países por parte de tecnócratas extranjeros. Las consecuencias políticas pueden ser severas.
Hay quien advierte de que es precisamente ese discurso azuloscurocasinegro el que puede tener consecuencias: un ejecutivo de un fondo de alto riesgo apunta que si los periódicos se empeñan en meter ese tipo de cosas en la cabeza de la gente, tendremos corridas bancarias y un accidente. Se está jugando con fuego. Los think tanks proeuropeos son igual de rotundos. Hay muchas maneras de que el euro se rompa, pero no estoy interesado en ser profeta del día del juicio final, sentencia Daniel Gros, del Centre for European Policy Studies.
Europa parece cansada del peso de su propia historia; los alemanes tienen una palabra para ese sentimiento aparentemente indefinible, Geschichtsmüde. Y es precisamente Alemania quien tiene la clave para que los logros de 60 años (la moneda única, un acervo legislativo abrumador, la supresión de fronteras, la paz, esas cosas) no queden en agua de borrajas. Europa es mi pasión, pero es una pasión a la Merkel, decía la canciller hace unos meses. Pero Angela Bismarck Thatcher, como la ha llamado el exministro alemán verde Joschka Fischer, debería quitarse de encima dogmas y tabús, y recordar que Europa exigió a Alemania grandes reparaciones de guerra en los años veinte y de aquello se salió con un resentimiento que provocó graves consecuencias: es aquello de que quienes olvidan la historia están condenados a repetirla, resume Gerard Mortier, un belga que trabajó en Austria, Alemania y Francia y ahora dirige el Teatro Real de Madrid. De ese Madrid que es, de nuevo, capital de la crisis europea y por tanto carne de reportajes como este, escritos sin necesidad de coger un avión hacia un lugar ignoto para contar un desastre.



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