El estreno de C(h)oeurs, basada en el espíritu del 15-M, divide al Teatro Real
Un momento de la representación. | Javier del Real
- El estreno de 'C(h)oeurs' polariza al público del coliseo madrileño
- La obra mezcla de 'performance', danza, música y mensaje político
Tan sólo 600 metros separan lo que fue el epicentro del 15-M, la Puerta del Sol, del Teatro Real. Pero a pesar de la proximidad, durante los breves meses que duró el movimiento, el coliseo madrileño permaneció ajeno a manifestaciones, cargas policiales, acampadas y demás folklore. ‘Las bodas de Fígaro’ y ‘Tosca’ vencían a la realidad intramuros del Real. Hasta este lunes. El estreno mundial de ‘C(h)oeurs’, la última apuesta de Gérard Mortier como director artístico del Real, ha llenado su escenario de pancartas, consignas y reflexiones políticas. Una apuesta arriesgada que ha dividido al público en aplausos y pataleos a partes iguales.
Dirigida por Alain Platel -paisano de Mortier- y con Marc Piollet dirigiendo el foso, ‘C(h)oeurs’ es un espectáculo que se escapa a la categorización. Mezca la danza de Les Ballets C de la B, creados por el propio Platel, con la interpretación de diversas piezas de Verdi y Wagner -algunas tan conocidas como el ‘Va pensiero’ y el Dies irae’, del primero- a cargo del coro del Real, cuyos miembros aparecen reconvertidos también en actores y bailarines.
A todo ello hay que sumarle textos de Marguerite Duras, ‘performance’, arias grabadas y grabaciones sonoras de las manifestaciones de la Primavera árabe y el 15-M. Todo ello, según el director, para hablar de la dicotomía entre el individuo y la colectividad. De ahí el juego de palabras de su título en francés, un híbrido entre 'corazones' y 'coros'.
El resultado ha dejado insatisfecho a un sector del público. Las primeras deserciones han llegado después de una grabación de una canción interpretada en español durante una manifestación: “El fraude de esta democracia incierta es la ley electoral que nos ha sido impuesta”. Poco después, un niño arrastrado por el suelo. Y, a continuación, una de las bailarinas que toma un micrófono y empieza a recitar en francés: “El marxismo me resulta de una extrema pobreza”, “el simplismo es fascista”, “haría falta una función igualitaria de la pobreza; si todos los países del mundo muriesen de hambre de igual manera se podría empezar de cero".
'¡Váyanse!"
En ese momento, un sector del público sentado en un palco justo detrás de Mortier ha empezado a patalear. "¡Que canten!", han gritado algunos, refiriéndose al coro que hacía rato que no abría la boca y contemplaba en segundo plano la 'performance' de los bailarines. "¡Váyanse!", han respondido otros a estos en medio de un pequeño tumulto verbal. "Si tuviesen un poco de dignidad no se quedarían", ha espetado otra señora, liderando a un nutrido grupo que ha desertado tras el pataleo.
En la escena siguiente, los componentes del coro han empezado a escribir lemas en pancartas de cartón, con expresiones como "respeto", "patria", "dignidad", "open your mind" o "España" (un día antes, en el ensayo general, se pudo ver una que decía "Garzón"). Lemas que han mostrado entre la leyenda “Revoluciones devoran sus hijos” (o “Sus revoluciones devoran hijos”, según el sentido en que se leyese), mientras cada corista tomaba el micrófono para decir su nombre. Un gesto que ha sido repetido por un espontáneo entre el público.
Al final de la función, el dictamen ha sido de división total entre el público, con la mitad aplaudiendo y ovacionando y la otra mitad gritando “¡Fuera!”, silbando y pataleando.
(Publicado en la Vanguardia el 13-03-2012)
Madrid. (Efe).- El coreógrafo belga Alain Platel lo ha logrado. Quería conmocionar al público con C(h)oeurs y el que ha asistido esta noche a su estreno mundial en el Teatro Real se ha quedado, a juzgar por su reacción, "touché": unos, los más, entusiasmados con su "belleza de lo feo" y otros espantados por ella.
Todos, nada más bajarse el telón, han expresado con igual energía su parecer, y si los "bravos", aplausos y silbidos admirativos tenían una gran potencia, no menos la tenían los "fuera, fuera", redoblados ambos en cuanto han salido a saludar bailarines y coro, Platel -director de les ballets C de la B- y el director de la orquesta, Marc Piollet.
Los conmocionados en negativo han ido expresando su parecer, para disgusto del resto, durante la hora y cuarenta y cinco minutos de representación: unos abandonando la sala, más o menos en silencio, y otros pateando cuando la música, algunos de los mejores coros de Verdi y Wagner, era sustituida por frases de Margarite Duras o de la novela Las benévolas de Jonathan Litell. El lenguaje coreográfico a base de movimientos espasmódicos y hasta histéricos, con muchos "pinos" y "pinos puente", en el que los ballets de la C de la B lleva explorando varios años, ha sido el "grito" que ha atravesado el discurso del coro, magnífico en la interpretación de su papel, es decir cantar, y en el de necesarios cooperadores de la historia dramática.
Su reflexión sobre lo individual y lo colectivo, con referencias al movimiento ocupa de Wall Street, la primavera árabe y la revolución en Egipto, entre otras "conmociones" sociales, ha empezado con el coro cantando Dies irae de Verdi y uno de los bailarines de espaldas desnudo.
Cuando sus otros nueve compañeros han aparecido en escena llevaban en la boca algo: su ropa interior, que se han puesto en medio de incontrolables temblores y al son del Coro de Peregrinos de Wagner y de los comentarios incrédulos de algunos espectadores.
Los 72 miembros del coro han bailado, interpretado y hecho percusión, y algunos hasta se han desnudado, lo que, según el intendente del Real, Gerard Mortier, describe su enorme calidad y entrega. Y si el coro ha bailado, los bailarines han cantado y recitado, justo las intervenciones que menos han gustado, aunque el momento de "mayor expresividad" del público, lo que Platel ansía con su coreografía como estética del cambio, lo ha provocado la "presentación" del coro.
En la parte central del espectáculo, cada miembro del coro se ha identificado diciendo su nombre y apellido. Al terminar el último se ha oído con nitidez que un espectador se identificaba como "Esteban García", una "improvisación" acogida con risas y aplausos. Esta producción, en la que colaboran el Holland Festival (Amsterdam) y el Concertgebow de Brujas (Bélgica), ofrece la oportunidad de escuchar algunas de las piezas corales más importantes de la historia en un espectáculo que es "como los cuadros negros de Goya", según Mortier, con formato de gran musical y estructura del teatro griego.
C(h)oeurs, un juego de palabras entre "coros" -lo global- y "corazones" -lo individual-, comienza con Dies Irae, de Verdi, "posiblemente la pieza más violenta que existe" y concluye con el Preludio de La Traviata, "la más íntima, la gran melodía de amor de Violeta, que se escucha con ella ya muerta", según Piollet. Entre ellas discurre el "agua profunda" de Va pensiero, de Nabucco, Tuba Mirum y Libera me, de la Misa de Réquiem, y Patria oppressa, de Macbeth, y Parigi o cara de La traviata. Wagner aporta su "música física, extrema y hasta peligrosa", con el Coro de los Peregrinos y O du mein holder Abendstern, de Tanhäuser; Wach auf, de Los maestros cantores de Nurenmberg; Heil!, König Heinrich!, Heil!, de Lohengrin, y los preludios de Lohengrin y Los maestros cantores de Nuremberg.
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