miércoles, 22 de agosto de 2012

ALEMANIA LOVES GRECIA

                                       ALEMANIA LOVES GRECIA.

 Hay amores que matan. Pasa en las mejores familias y en cualquier comunidad de vecinos. Todos hemos visto relaciones enfermas que derivan en violencia de género. La parte dominadora ejerce un poder creciente que limita la capacidad de maniobra y la libertad de decidir de la parte dominada, que ve progresivamente cercenada su independencia. Es frecuente que el maltratador esté reproduciendo un patrón de comportamiento que sufrió en algún momento como víctima. Cuando le llega el momento de tomar las riendas de su propia vida, aplica la misma estrategia de dominación, negándose a reconocer que este modo de obrar le provocó dolorosas heridas no curadas y justificando su propia actuación como el único remedio ante lo que considera errores continuados de su víctima. Ésta, debilitada por las dificultades a las que ha debido enfrentarse, entra en una espiral de desánimo y miedo, acaba creyendo que no sirve para nada y acepta la autoridad pensando que la solución a sus problemas vendrá de la mano del dominador. La relación enferma se construye entonces sobre la base de una creencia errónea: las duras acciones del maltratador son la única solución a unos problemas que cree generados por la víctima, como una deficiencia cuasi genética. Sin embargo, tras esta compleja trama de voces y silencios se oculta el miedo y la inseguridad del maltratador. Psicología básica. Los bravucones siempre golpean primero para intimidar al contrario, evitar ser considerados débiles y afirmar su propia personalidad tambaleante. Así, el maltratador oculta de forma inconsciente sus miedos y elige dominar a ser dominado o dañado de nuevo. Para ello es fundamental encontrar la víctima adecuada, aquella que por desgraciadas circunstancias necesite apoyo para construirse. La víctima probablemente destaque por sus cualidades, por encima de las capacidades del maltratador. Éste lo comprende pronto y, como si en un espejo se mirase, oculta sus deficiencias y su tremenda inseguridad mediante la violencia. En el fondo siente miedo a volver a sentirse vulnerable, a no ser más valiente, más fuerte, más inteligente, y actúa violentamente por miedo a la libertad ajena y a la capacidad creativa del otro. La víctima es en realidad mucho más fuerte de lo que se la ha hecho creer, pero no lo sabe. Sólo cuando despierte y tome conciencia de ello, romperá la relación y saldrá fortificada. Mientras esto ocurre, se instala la ley del silencio en la escalera. Todo el mundo lo sabe. Todo el mundo calla. Son cosas de familia. A nosotros no nos afecta. Es cosa de ellos. Quizá se lo merezca. Tendrá sus motivos. Ellos sabrán. A nosotros eso no nos va a pasar. Somos gente de bien. Vete tú a saber qué ha estado haciendo. Con lo trabajador, serio y correcto que es. Los trapos sucios se lavan en casa. No sé cómo lo aguanta y no se marcha. Dónde va a ir, con una mano delante y otra detrás. Si es él el que trae el dinero a casa. Nadie denuncia y, como nadie denuncia, las autoridades no hacen nada. Cuando la víctima de la violencia de género no aguanta más y se marcha de casa con lo imprescindible (los hijos), para empezar una nueva vida en pobreza pero en libertad y dignidad, el maltratador suele seguir despertando afectos. Pobre hombre, con lo que trabaja, mira el pago que le da. En la escalera de Europa se ha instalado la violencia de pueblo. Todos lo saben. Todos callan y miran para otro lado. Todos estigmatizan a la víctima buscando argumentos para justificar lo que sucede. Nadie denuncia y todos piensan que la víctima se lo merece. Mírala, todo el día luminosa, recostada en la playa mediterránea, toda blanca y azul, con su vino y su retsina, con su aceitunitas de Kalamata y sus pasas de Corinto, adornada de sus perlas ajadas, con sus bailes y sus risas, dada a la buena vida mientras el esforzado trabajador apenas ve el sol en su trabajo norteño, siempre con la faz sombría y seria, tan equilibrado, tan cumplidor. No saben que a ella no le da la gana de dejar de reír ni de dejar de disfrutar de la vida. Y disfrutar de la vida es compartir con la familia y los amigos un rato de charla y un vaso de vino bajo la luz y el sol del Mediterráneo. No saben que los dolores los llora en casa. No saben que eso es la dignidad. Grecia está sufriendo, como si de un chivo expiatorio se tratara, la incomprensión de sus vecinos de escalera. Está aguantando el azote de insultos: vagos, despilfarradores, débiles, corruptos, mentirosos. Y se la hace la única culpable de todos sus males. Los vecinos europeos están generalizando en todos y cada uno de los griegos los mismos males presentes en cualquier otro país. ¿En Grecia hay corruptos y defraudadores, políticos que ponen el cazo, ciudadanos que evaden impuestos? Como los hay en otros países europeos. ¿No es España misma un lugar en el que campan con la bendición del gobierno los defraudadores para quienes se ha elaborado una amnistía fiscal? ¿No tenemos a un gobierno inyectando dinero público a una empresa privada gestionada por los allegados de la gente fuerte de su partido? De la esforzada Grecia se han dicho muchas cosas, por pura envidia de verla asomada al balcón del sur, disfrutando de los amaneceres y las puestas de sol en el mar, feliz con el simple hecho de sentir en su piel el calor del sol y de saborear los simples alimentos nobles de la civilización: el pan, el vino, el aceite, el queso, la miel… La misma directora del FMI, Christine Lagarde, en un arranque de locuacidad incontrolado, ha mezclado churras con merinas esta semana al regañar, cual rígida institutriz, a los griegos, acordándose de los problemas del África negra, conminándoles a pagar sus impuestos, los mismos que ella parece que no paga, según informaciones recientes. Como si los griegos tuvieran también la culpa de los problemas del Tercer Mundo. Sí, se dicen muchas cosas de la vecinita del sur. Y pocas, muy pocas, buenas. Se merecerá lo que le pase. Sin embargo, él… Pobrecito él. Siempre pagando las deudas de ella… A ella se la desprecia y sus vecinos respetables afirman su propia valoración por comparación con ella. Nosotros no somos Grecia. No queremos vernos como Grecia. Sí, se dicen muchas cosas de Grecia. Pero también son muchas las que no se dicen. Se reconoce en algún que otro foro el tremendo esfuerzo que la clase media griega está haciendo. Pero hay muchas otras cosas que no se dicen ni se recuerdan sobre Grecia. Nadie recuerda la capacidad de resistencia del pueblo griego bajo los largos siglos de dominación otomana, siglos durante los cuales los griegos fueron capaces de mantener viva su conciencia de nación y su lengua grácil. Nadie habla de la capacidad de los griegos para hacer de la necesidad virtud cuando decidieron dedicarse a la navegación y al comercio que los turcos despreciaban. Hay más cosas que no se dicen de Grecia. Nadie habla del papel que Alemania, Gran Bretaña y Francia jugaron en la difícil historia reciente de Grecia. Nadie recuerda cómo Francia y Gran Bretaña se desentendieron de la suerte de los griegos masacrados por Ataturk en Anatolia, después de haberle prometido ayuda para liberarse del yugo turco. Treinta buques de guerra aliados presentes frente a la costa de Esmirna pusieron marchas militares en cubierta para ahogar el terrible sonido de la masacre de 1922. Nadie recuerda que, menos de un siglo después de haber proclamado Grecia su independencia, el apoyo de Alemania a Turquía contra Grecia, con contrapartidas comerciales y de explotación de recursos, fue la estrategia alemana para neutralizar la creciente preponderancia británica en el Mediterráneo Oriental. Nadie recuerda que el desentendimiento de los países de la Triple Entente (Gran Bretaña, Francia y Rusia), teóricamente aliados de Grecia, llevó a un millón y medio de griegos de Anatolia a Atenas, de la noche a la mañana. Nadie recuerda cuánto “aprendió” Alemania de los “batallones de trabajo” turcos, a la sazón campos de concentración y exterminio donde fueron masacrados miles de griegos. Nadie cuenta que Grecia fue utilizada como pieza barata del enfrentamiento que desembocaría en la Primera Guerra Mundial. Hay muchas cosas que no se dicen de Grecia. Nadie habla tampoco de la ocupación nazi del país heleno y de la dura resistencia que la población opuso. Nadie habla de cómo se le condonó a Alemania el 50% de la deuda contraída a resultas de haber provocado la Segunda Guerra Mundial. Nadie recuerda que Alemania aún no ha pagado a Grecia la parte no condonada de dicha deuda, y que ese dinero probablemente bastaría para sacar a Grecia del pozo donde se la está hundiendo conscientemente. Por no hablar del apoyo que Alemania ha seguido dando a Turquía para fomentar los enfrentamientos de ésta con Grecia y así poder venderle armas y submarinos. Nadie dice que parte de la deuda que los griegos han contraído con los bancos alemanes ha ido a parar a las arcas de las empresas armamentísticas alemanas, para que Grecia se proteja del hostigamiento de Turquía, protegida de Alemania. El círculo perfecto de la maldad. Por no hablar de cómo Gran Bretaña y Alemania expoliaron Grecia con el consentimiento de los turcos, que despreciaban cuanto fuera griego, aquellos que convirtieron el Partenón en un polvorín, a resultas de lo cual vemos hoy su cella destrozada. Nadie recuerda que la deuda griega se pagaría de una sola vez si los mármoles del Partenón robados por Elgin regresaran al nuevo Museo de la Acrópolis, museo que los griegos han construido para desarmar el principal argumento británico: “Los mármoles no pueden volver a Grecia porque Atenas no tiene un Museo digno de conservarlos. En el Museo Británico estarán mejor cuidados”. Y de paso nos quedamos los pingües beneficios que produzcan. Nadie recuerda tampoco un recuerdo incómodo. Nadie comenta demasiado el hecho de que las cuentas falseadas que los políticos conservadores griegos presentaron a Europa para entrar en la UE estaban ciertamente falseadas…, después de que los políticos griegos fueran aconsejados por Goldman Sachs, la misma empresa que ha colocado a sus antiguos representantes de la filial europea al frente del BCE, del FMI… Y Europa miró a otro lado. ¿Alguien cree que el griego anónimo que tiene su negocio en una tranquila calle de un tranquilo pueblo del tranquilo Peloponeso, entre olivos y vides, es responsable de lo que hace el miembro de la casta política que toma decisiones cuando y como quiere y sólo le pregunta una vez cada cuatro años? ¿Hemos decidido los españoles conscientemente en las elecciones los recortes y políticas que nuestros gobernantes están llevando a cabo y que no llevaban en el programa electoral? ¿Alguien cree que la corrupción de los políticos griegos existía porque la tradición del fakelaki (sobrecito) está en el código genético griego? En el resto de Europa no existe aparentemente dicha tradición… entre la clase media, pero que nadie me diga que eso no ocurre, ¡por los dioses!, entre los dirigentes políticos. Son muchas las cosas que no se dicen de Grecia. Y muchas las que no se dicen de su principal verdugo. Alemania, pobre Alemania, tiene miedo e inseguridad, y también envidia. En las difíciles tensiones a lo largo de la historia entre el centro y la periferia europea, el siglo XX ha pasado una factura terrible a Alemania. Sintió las condiciones del Tratado de Versalles de 1920 como una terrible humillación y de alguna manera por ello toda Europa sufrió el nazismo. Necesitó ejercer la violencia para no volver a sufrir otra derrota que no pudo evitar. Alemania tiene miedo de volver a ser débil y, como muchos maltratadores, usa la violencia para esconder su propia debilidad. Alemania aún no ha curado sus heridas, pero, además, la opinión pública alemana, azuzada por algunos de sus políticos y medios de comunicación, está creyendo que su país está de nuevo siendo víctima de una terrible injusticia que obliga a los alemanes a trabajar y pagar para que los vagos del sur fiesteen. Der Spiegel publicó una foto de una plaza griega llena de gente tomando café en las terrazas, con una pregunta: “¿Tenemos nosotros que pagar esto?” Los políticos alemanes están usando de nuevo del populismo dentro de sus fronteras para hacer creer a su gente que los cerdos de la periferia europea (los PIIGS) están abusando de su generosidad. Y lo hacen, en el mejor de los casos, por ser cortos de miras, o, en el peor, conscientes de lo que están haciendo, pero poniendo sus intereses partidistas por delante del peligro de una nueva escalada de tensiones en Europa. La palabra puede ser tan mortífera como la peor de las armas. Y es que la señora Merkel no quiere que los alemanes reconozcan que el milagro alemán no se debe sólo a los alemanes. No quiere que sus ciudadanos sepan, recuerden y tengan presente que Alemania se ha levantado con los países de la periferia, que le compraban electrodomésticos y coches. No quiere que sepan que su país se financia a tan bajo coste porque la financiación de los países del sur es muy elevada. No quiere romper la ilusión de sus conciudadanos, que creen que son superiores a los sureños y lo ejercen presentándose a sí mismos como más serios, más trabajadores, más eficientes. No quiere hablar de una palabra incómoda, solidaridad, porque quieren creer que el resto de Europa no fue solidaria con ellos. Tampoco quiere la señora Merkel que sepan sus alemanes que Alemania necesita a Europa para competir económicamente con China, Estados Unidos, India o Brasil. La inseguridad que genera el hecho de reconocer que Alemania necesita de sus vecinos sería un golpe terrible para una autoestima que no está sobrada después de la particular trayectoria de Alemania en el siglo XX. Así, la señora Merkel no quiere que sus alemanes sepan que en realidad Alemania necesita que Grecia siga en el euro. No pueden dejarla salir porque si Grecia sale del euro no seguirá pagando y no podrán seguir despojándola de sus poderes ciudadanos ni de sus bienes. Ante este miedo, usa la misma estrategia de siempre: la violencia. Golpea para hacer creer que es más fuerte, que tiene razón, que la culpabilidad de la situación crítica recae únicamente sobre el otro. Pero es que Alemania también envidia a Grecia. Alemania quiere y necesita creer que es superior a Grecia. Ama en ella todo lo que posee de manera natural. En el reparto de aquellos primeros pueblos indoeuropeos que colonizaron el continente, a la germanidad le correspondió en mala hora el frío norte, mientras que a los griegos les correspondió el cálido sur. Alemania habría querido ser Grecia, haber nacido en las costas de sur, a las que bajan en el invierno de sus vidas para calentar sus huesos antes del frío eterno. Pero sobre todo, por encima de todo, Alemania querría haber alumbrado ella la perfección y el equilibrio, la racionalidad y la belleza, la filosofía y la técnica. De alguna manera, el subconsciente alemán sigue creyendo que el espíritu griego y el alemán son sólo uno, y que Grecia es la hermana descarriada que hay que devolver a la senda correcta. Sigue creyendo ser más sabia que la Grecia que parió los dones humanos que la propia Alemania ama y de los que tanto se enorgullece. Siguen creyendo, al igual que los ingleses, (¡¿dónde están los ingleses?!), que le hicieron un favor a Grecia al excavarla, creen que la “hicieron conocerse”. Pero como las víctimas de la violencia de género, Grecia, víctima de la violencia de pueblo, es mucho más poderosa de lo que creemos el resto de los europeos. Cuando oigo a nuestros perversos políticos decir con desprecio aquello de “España no es Grecia”, pienso: “¡Qué más quisiéramos!”. Claro que España no es Grecia, ni el resto de Europa es Grecia. Ahora mismo Grecia es el laboratorio de Europa. Una intuición nacida de algún lugar desconocido me dice que será la salvación de Europa. Será Grecia quien reinvente lo que tenga que ser la vida futura del viejo continente. No sé si es mi propio deseo el que habla por mí, puedo equivocarme, pero creo que Syritza tendrá la llave de gobierno en las próximas elecciones del 17 de Junio. E impondrá y hará valer la fuerza interna de Grecia, pidiendo, no salir del euro, sino otra Europa, que castigue la corrupción de las castas políticas dominantes (el PASOK, Nueva Democracia, los Venizelos, Samarás, Papandreu…), que aleje a los servicios públicos de la esclavitud política, que aplique las medidas draconianas, impuestas por la Troika a las clases medias, a las oligarquías que evaden impuestos y mantienen privilegios como los de la Iglesia, que reivindique una democracia real, que acabe con la tiranía plutocrática de los mercados. Mientras, los dirigentes de la UE, lacayos de los mercados, se permiten el lujo de amenazar al pueblo griego si se les ocurre votar a la izquierda que desafía sus órdenes. Pero, como las víctimas de la violencia de género, el pueblo griego está despertando a su orgullo nacional, del que nunca se ha desprendido, porque no es un orgullo de nación, es un orgullo de humanidad. El pueblo griego no se rendirá. Pudo soportar la dominación otomana durante siglos y mantener con orgullo su lengua. ¿De verdad cree Alemania que conseguirá domeñar el orgullo griego? Circula una anécdota que ilustra a la perfección la diferencia de mentalidad entre ambos pueblos: un turista alemán se acerca a la recepción de un hotel griego y encuentra a dos jóvenes recepcionistas griegas bromeando y riendo alegremente. El alemán las reprende echándoles en cara que se les ocurra reír estando su país en semejante crisis. Las jóvenes lo miran como si fuera un extraterrestre y le contestan: “¿Y qué quiere que hagamos? ¿Suicidarnos?”. Por encima de las veleidades de los dioses mercados a los que el Norte europeo rinde pleitesía, los griegos paganos tienen el conocimiento de la única religión verdadera: estar vivos y sentir la luz del sol en la piel.
Autora :

Elena Fuentes Cara

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