domingo, 25 de marzo de 2012
martes, 13 de marzo de 2012
C(h)oeurs en el teatro Real
El estreno de C(h)oeurs, basada en el espíritu del 15-M, divide al Teatro Real
Un momento de la representación. | Javier del Real
- El estreno de 'C(h)oeurs' polariza al público del coliseo madrileño
- La obra mezcla de 'performance', danza, música y mensaje político
Tan sólo 600 metros separan lo que fue el epicentro del 15-M, la Puerta del Sol, del Teatro Real. Pero a pesar de la proximidad, durante los breves meses que duró el movimiento, el coliseo madrileño permaneció ajeno a manifestaciones, cargas policiales, acampadas y demás folklore. ‘Las bodas de Fígaro’ y ‘Tosca’ vencían a la realidad intramuros del Real. Hasta este lunes. El estreno mundial de ‘C(h)oeurs’, la última apuesta de Gérard Mortier como director artístico del Real, ha llenado su escenario de pancartas, consignas y reflexiones políticas. Una apuesta arriesgada que ha dividido al público en aplausos y pataleos a partes iguales.
Dirigida por Alain Platel -paisano de Mortier- y con Marc Piollet dirigiendo el foso, ‘C(h)oeurs’ es un espectáculo que se escapa a la categorización. Mezca la danza de Les Ballets C de la B, creados por el propio Platel, con la interpretación de diversas piezas de Verdi y Wagner -algunas tan conocidas como el ‘Va pensiero’ y el Dies irae’, del primero- a cargo del coro del Real, cuyos miembros aparecen reconvertidos también en actores y bailarines.
A todo ello hay que sumarle textos de Marguerite Duras, ‘performance’, arias grabadas y grabaciones sonoras de las manifestaciones de la Primavera árabe y el 15-M. Todo ello, según el director, para hablar de la dicotomía entre el individuo y la colectividad. De ahí el juego de palabras de su título en francés, un híbrido entre 'corazones' y 'coros'.
El resultado ha dejado insatisfecho a un sector del público. Las primeras deserciones han llegado después de una grabación de una canción interpretada en español durante una manifestación: “El fraude de esta democracia incierta es la ley electoral que nos ha sido impuesta”. Poco después, un niño arrastrado por el suelo. Y, a continuación, una de las bailarinas que toma un micrófono y empieza a recitar en francés: “El marxismo me resulta de una extrema pobreza”, “el simplismo es fascista”, “haría falta una función igualitaria de la pobreza; si todos los países del mundo muriesen de hambre de igual manera se podría empezar de cero".
'¡Váyanse!"
En ese momento, un sector del público sentado en un palco justo detrás de Mortier ha empezado a patalear. "¡Que canten!", han gritado algunos, refiriéndose al coro que hacía rato que no abría la boca y contemplaba en segundo plano la 'performance' de los bailarines. "¡Váyanse!", han respondido otros a estos en medio de un pequeño tumulto verbal. "Si tuviesen un poco de dignidad no se quedarían", ha espetado otra señora, liderando a un nutrido grupo que ha desertado tras el pataleo.
En la escena siguiente, los componentes del coro han empezado a escribir lemas en pancartas de cartón, con expresiones como "respeto", "patria", "dignidad", "open your mind" o "España" (un día antes, en el ensayo general, se pudo ver una que decía "Garzón"). Lemas que han mostrado entre la leyenda “Revoluciones devoran sus hijos” (o “Sus revoluciones devoran hijos”, según el sentido en que se leyese), mientras cada corista tomaba el micrófono para decir su nombre. Un gesto que ha sido repetido por un espontáneo entre el público.
Al final de la función, el dictamen ha sido de división total entre el público, con la mitad aplaudiendo y ovacionando y la otra mitad gritando “¡Fuera!”, silbando y pataleando.
(Publicado en la Vanguardia el 13-03-2012)
Madrid. (Efe).- El coreógrafo belga Alain Platel lo ha logrado. Quería conmocionar al público con C(h)oeurs y el que ha asistido esta noche a su estreno mundial en el Teatro Real se ha quedado, a juzgar por su reacción, "touché": unos, los más, entusiasmados con su "belleza de lo feo" y otros espantados por ella.
Todos, nada más bajarse el telón, han expresado con igual energía su parecer, y si los "bravos", aplausos y silbidos admirativos tenían una gran potencia, no menos la tenían los "fuera, fuera", redoblados ambos en cuanto han salido a saludar bailarines y coro, Platel -director de les ballets C de la B- y el director de la orquesta, Marc Piollet.
Los conmocionados en negativo han ido expresando su parecer, para disgusto del resto, durante la hora y cuarenta y cinco minutos de representación: unos abandonando la sala, más o menos en silencio, y otros pateando cuando la música, algunos de los mejores coros de Verdi y Wagner, era sustituida por frases de Margarite Duras o de la novela Las benévolas de Jonathan Litell. El lenguaje coreográfico a base de movimientos espasmódicos y hasta histéricos, con muchos "pinos" y "pinos puente", en el que los ballets de la C de la B lleva explorando varios años, ha sido el "grito" que ha atravesado el discurso del coro, magnífico en la interpretación de su papel, es decir cantar, y en el de necesarios cooperadores de la historia dramática.
Su reflexión sobre lo individual y lo colectivo, con referencias al movimiento ocupa de Wall Street, la primavera árabe y la revolución en Egipto, entre otras "conmociones" sociales, ha empezado con el coro cantando Dies irae de Verdi y uno de los bailarines de espaldas desnudo.
Cuando sus otros nueve compañeros han aparecido en escena llevaban en la boca algo: su ropa interior, que se han puesto en medio de incontrolables temblores y al son del Coro de Peregrinos de Wagner y de los comentarios incrédulos de algunos espectadores.
Los 72 miembros del coro han bailado, interpretado y hecho percusión, y algunos hasta se han desnudado, lo que, según el intendente del Real, Gerard Mortier, describe su enorme calidad y entrega. Y si el coro ha bailado, los bailarines han cantado y recitado, justo las intervenciones que menos han gustado, aunque el momento de "mayor expresividad" del público, lo que Platel ansía con su coreografía como estética del cambio, lo ha provocado la "presentación" del coro.
En la parte central del espectáculo, cada miembro del coro se ha identificado diciendo su nombre y apellido. Al terminar el último se ha oído con nitidez que un espectador se identificaba como "Esteban García", una "improvisación" acogida con risas y aplausos. Esta producción, en la que colaboran el Holland Festival (Amsterdam) y el Concertgebow de Brujas (Bélgica), ofrece la oportunidad de escuchar algunas de las piezas corales más importantes de la historia en un espectáculo que es "como los cuadros negros de Goya", según Mortier, con formato de gran musical y estructura del teatro griego.
C(h)oeurs, un juego de palabras entre "coros" -lo global- y "corazones" -lo individual-, comienza con Dies Irae, de Verdi, "posiblemente la pieza más violenta que existe" y concluye con el Preludio de La Traviata, "la más íntima, la gran melodía de amor de Violeta, que se escucha con ella ya muerta", según Piollet. Entre ellas discurre el "agua profunda" de Va pensiero, de Nabucco, Tuba Mirum y Libera me, de la Misa de Réquiem, y Patria oppressa, de Macbeth, y Parigi o cara de La traviata. Wagner aporta su "música física, extrema y hasta peligrosa", con el Coro de los Peregrinos y O du mein holder Abendstern, de Tanhäuser; Wach auf, de Los maestros cantores de Nurenmberg; Heil!, König Heinrich!, Heil!, de Lohengrin, y los preludios de Lohengrin y Los maestros cantores de Nuremberg.
lunes, 9 de enero de 2012
El estado de bienestar
© 2012 EDICIONES EL PAÍS S.L.
Lunes 09-01-2012 20:57 Portada > Opinión
TRIBUNA: JOSÉ LUIS PUERTA Muerte y resurrección del Estado de bienestar
09-01-2012 Cuando la marcha del progreso, que percibimos como imparable, hace una inflexión y nos vemos amenazados por males ya superados, aceptamos cualquier explicación, excepto una: que nuestra suerte es también la consecuencia de nuestras faltas. Por eso, si queremos que los derechos sociales no queden estancados y se pudran, es menester superar antes un importante obstáculo. Un error que nos impide entender qué son las prestaciones sociales. Pues hemos mezclado dos conceptos: el derecho que todos tenemos a una asistencia sanitaria o una educación de calidad con su gratuidad universal, sin que importe el nivel de renta de sus beneficiarios. Desenfoque que muchas veces hace que los pobres subvencionen a los ricos.
Un ejemplo de esto es el cheque-bebé, pues Zapatero no se conformó con crear un subsidio para corregir nuestra baja natalidad, apoyando a aquellas ciudadanas que la falta de recursos las disuade del embarazo, medida que hubiera sido inobjetable; sino que, por puro prurito ideológico, lo universalizó y extendió también a las mujeres con ingresos elevados, cuya decisión sobre ser o no madre no guarda relación con su peculio. El descarrío costó 4.000 millones de euros y tan necesaria ayuda para muchas familias se suprimió.
Esta concepción de que todo debe ser universal y gratuito hace que el Sistema Nacional de Salud (SNS) pague casi todo el importe de las prescripciones farmacéuticas, quizá con el fundamento de que los ciudadanos no pueden hacer frente a su coste. Pues bien: en 2010, mientras el SNS atendía una factura de 11.644 millones de euros por las recetas de sus asegurados, los estancos vendían 12.061 millones de euros (los montos de Canarias, Ceuta y Melilla están excluidos de ambas cifras). En concreto en Cataluña, donde no se están haciendo recortes sino una reforma sanitaria subrepticia y en solitario, el SNS pagó por las medicinas 1.842 millones de euros y se expendió tabaco por valor de 2.226 millones. Los números siguen siendo elocuentes, pese a que un 35% de nuestras labores las adquieren turistas.
Aún doy otro dato: si cada usuario pagase sus medicinas con un precio inferior a tres euros, el SNS se ahorraría unos 600 millones de euros al año (¡que podrían dedicarse a la Dependencia!). Reflexión parecida puede hacerse sobre los libros de texto. No se entiende que, ahora que los españoles no tenemos más de un hijo, haya CC AA donde todos los estudiantes los reciben gratis, seguramente a algunos deberían comprárselos sus padres.
Si nos guiara la razón y el afán de equidad, podrían fijarse porcentajes de cofinanciación en función de la renta y no de la edad. Esto moderaría la demanda y ahorraría al erario una parte de aquellas prestaciones que, salvo excepciones, cada cual puede atender -según sus posibilidades- sin mayor esfuerzo. Pero se prefiere el subsidio universal, olvidando el fundamento más nuclear de los derechos sociales: garantizar que nadie carezca, por falta de medios, de lo básico, que es algo distinto a dar gratis lo esencial a todos. Esta inepcia hace que algunas prestaciones estén sobrevaloradas a costa de ignorar otras, o que no lleguen a los que de verdad las precisan porque se abusa de ellas. Además, se logra que se estime poco lo recibido.
Ya no es momento para el debate sobre el copago, sino para otro distinto como ha ocurrido en los países más avanzados. Por eso, hemos de interiorizar que los recursos para las prestaciones sociales son limitados y compiten con otras actividades -como la ciencia o la conservación del medio- que el Estado necesita mantener para que nuestro progreso continúe. Y debemos aceptar que los recursos públicos ni están para hacer galeotes del pupitre a aquellos estudiantes que no quieren aprender, porque se decidió que todos deben ser bachilleres; ni para subvencionar, sin cortapisas, universidades mediocres que solo embodegan jóvenes para, luego, licenciarlos en un campo en el que nunca ejercerán.
Quizá, en una sociedad tan heterogénea como la actual, se eche en falta un Estado de bienestar más flexible y capaz de ayudar en las verdaderas necesidades de cada ciudadano, y no solo las que han planificado terceros. Es un sinsentido mantener el sistema de protección social al borde del colapso por obstinarnos en perpetuar soluciones universales, enlatadas y gratuitas, propias de tiempos pretéritos. Que, luego, no resuelven algo tan patente y actual como la pobreza, consecuencia de un desempleo intolerable, que impide a muchos atender el recibo de la luz o llenar el carro de la compra. Además, por mero utilitarismo, debería prestarse más atención a las necesidades de la extensa clase media, pues está cansada de oír salmodias sobre derechos de los que apenas se beneficia y de ver cómo sus impuestos se malgastan en superfluidades.
Se trata, por tanto, de cambiar el paradigma, esto es, convertir el viejo Estado paternalista, empeñado en darnos a todos camisetas de talla única, en un Estado que esté más pendiente de la calidad y variedad de los servicios sociales; y nos deje elegir y ser corresponsables -como ciudadanos adultos que somos- de las posibles soluciones para esas necesidades incuestionables que a (casi) todos nos superan.
domingo, 8 de enero de 2012
Mascaradas invernales en pueblos zamoranos
En algunos pueblos, por iniciativa de los propios vecinos, han surgido ya asociaciones ligadas a las celebraciones que aseguran la continuidad de las fiestas invernales
Zamora, que siempre aparece en la parte subterránea de las listas provinciales de desarrollo económico, luce en la punta más visible del mapa de manifestaciones populares con raíces. El hecho de que esta provincia haya estado apartada de las grandes rutas de comunicación, sobre todo las comarcas del oeste que limitan con Portugal, ha propiciado el mejor clima para conservar manifestaciones tradicionales como las mascaradas de invierno, retazos de una cultura agraria y ancestral que agoniza en el conjunto del país y que aquí tiene todavía cierto tono vital, que es imprescindible mantener como ejemplo e ideario de un tiempo pasado. Es tal la importancia etnográfica de las fiestas hiemales de la provincia que, conjuntamente con las que se celebran en la región norte de Portugal, son el iceberg de un proyecto en marcha que tiene como objetivo arrancar a la Unesco la declaración de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, consideración que beneficiaría también a otras manifestaciones de antruejo de diferentes provincias españolas y de varios países europeos. Zamora suma casi una treintena de mascaradas de invierno, aunque solo una decena tiene continuidad anual y el resto se celebran dependiendo del interés vecinal o, cada vez más, de la implicación de los naturales que vuelven por estas fechas a sus localidades de origen. La despoblación del ámbito rural marca el futuro de estas celebraciones que llevan años acusando la escasez de jóvenes y que, en muchos casos, ha secado la fuerza que las mantenía vivas. La Diputación Provincial y la Cámara Municipal de Braganza iniciaron hace ya cinco años un proyecto de colaboración con el fin de potenciar las mascaradas y buscar el apoyo de la UE a través del programa Interreg III. Fruto de esta colaboración es el Museo de la Máscara de Braganza y los desfiles que se celebran anualmente tanto en ciudades lusas como en Zamora capital donde se muestran un gran número de fiestas de este tipo y que han estado acompañados desde el principio del éxito popular por su colorido y singularidad, y porque, además, suponen una muestra etnográfica viva e itinerante. Pero hay compromisos que se enunciaron dentro de este proyecto que aún no se han cumplido y que resultan urgentes e ineludibles según se ha puesto de manifiesto en los últimos años. Está pendiente la elaboración de un catálogo conjunto para la promoción y difusión de estas fiestas, así como la creación de una ruta de artesanos y, sobre todo, falta un calendario oficial con las fechas y horarios de celebración. Alcaldes, vecinos y visitantes se han quejado de la falta de coordinación en este sentido que ha enfadado a propios y extraños y que ha hecho que muchas personas que han venido a la provincia atraídas por estas celebraciones no hayan podido verlas por la coincidencia en su desarrollo o porque se han celebrado sin horario previo. La Diputación de Zamora y la Cámara Municipal de Braganza tienen que activar el convenio y desarrollarlo en su totalidad para que no se vuelva a repetir el caos organizativo que ha impedido a las mascaradas hispano-lusas brillar en su conjunto. Las dos instituciones tienen que potenciar también los pequeños centros museísticos en los pueblos donde se desarrollan estas manifestaciones para que los visitantes puedan conocer la transcendencia de las distintas celebraciones y han de hacer frente a la despoblación articulando mecanismos que aseguren la supervivencia de estas fiestas ancestrales. En algunos pueblos, por iniciativa de los propios vecinos, han surgido ya asociaciones ligadas a las celebraciones que aseguran la continuidad de las mismas y suponen la mejor garantía de control de unas fiestas que están amenazadas por un futuro que vive ya en los grandes núcleos de población. La falta de jóvenes en el ámbito rural supone el principal freno. Las instituciones deben impulsar la constitución de estos colectivos culturales así como la presencia de la mujer en estas manifestaciones, controlados desde siempre por los hombres, a pesar de que la figura femenina es una constante en la parafernalia de las distintas celebraciones. Zamora y Braganza deberían implicarse más en el impulso de estas fiestas y agilizar todo lo posible la redacción del expediente para solicitar la protección de la Unesco. La consecución de la declaración de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad sería la mejor garantía para mantener viva una herencia que bebe seguramente más allá de las saturnales romanas y que supone la fotografía más viva de una forma de vida que ha dado origen a lo que ahora somos. No estaría de más que la Diputación Provincial de Zamora propiciara un congreso internacional para empujar definitivamente una declaración que haría justicia a la transcendencia simbólica de unas manifestaciones cada vez más importantes por lo insólito y porque reflejan un universo del que ya solo queda el borrajo, además de suponer un atractivo turístico de primer orden.
VIDEO RELACIONADO CON LAS MASCARADAS DE INVIERNO DE ZAMORA
La Opinión de Zamora. 8 de enero de 2011
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La generación del cambio:Lops millennials
08-01-2012 Los demógrafos llaman millennials a los nacidos entre 1982 y 2000. Nosotros, los denominados baby boomers, somos sus padres y llevamos tiempo batiéndonos en retirada. No deberíamos.
Muchos millenials creen que el paro es su primer problema vital. No es así: nosotros lo somos. El excepcional dividendo demográfico que benefició a nuestra generación, cuando había mucha gente adulta pero pocos abuelos, se ha agotado y no volverá.
En España, la diferencia entre el número de las personas nacidas en 1952 y en 1982 es de 77.000 a favor de las primeras. Pero la que media entre los nacidos en 1970 y en 2000, respectivamente, es de 266.000. Así, habrá cada vez más baby boomers jubilados o dependientes a cargo de menguantes cohortes demográficas de millennials.
Por ello, habremos de retirarnos más tarde de lo que previmos, algo que todavía muchos europeos de nuestra generación se niegan a aceptar, pero que cualquiera de nosotros que no tenga un empleo extenuante debería asumir. La burbuja demográfica ha estallado y no tenemos ningún derecho a hacer pagar las consecuencias a nuestros propios hijos.
El desempleo es ciertamente el segundo problema de los millennials, particularmente en España, donde la tasa actual de paro es entre dos o tres veces mayor que en Europa Occidental: los españoles contamos con menos del 15% de la población de la eurozona, pero tenemos el 30% del paro.
De nuevo, nosotros los baby boomers hemos de dar ejemplo, pues quienes tenemos un trabajo creemos que es para siempre, y bloqueamos el acceso al empleo a quienes carecen de él. No soy diputado a Cortes, solo funcionario, pero algo puedo proponer para desbloquear mi plaza vitalicia: dejo aquí y ahora constancia de que mañana mismo renunciaría a mi cátedra en propiedad si me ofrecieran la posibilidad de concursar a otra por contrato y los concursos fueran a basarse exclusivamente en el mérito y la capacidad. Algo habré de dejar hecho por mis propios hijos.
Ahora bien, parte del esfuerzo habrá de provenir de ellos mismos. Están, desde luego, mucho mejor educados de lo que lo estuvimos nosotros, pero en su formación se observan dos brechas: la primera, el elevado nivel de fracaso escolar en la educación obligatoria; y la segunda, el reducido número de titulados en enseñanzas profesionales de grado superior si se compara con el de estudiantes universitarios por 1.000 habitantes, superior en España al de casi todos los países europeos más desarrollados.
Los profesores de universidad de mi generación, desfachatados baby boomers, cometimos pecados sin cuento y tan pronto como se puso de manifiesto la caída demográfica en las nuevas matrículas de estudiantes y aterrados ante la posibilidad de que se amortizaran nuestras plazas de profesor, forzamos grados de Bolonia de cuatro años, tumbando los de tres, que hacían mucha más falta.
Tampoco acertaron nuestras débiles autoridades educativas a la hora de entusiasmar a empresas y centros de enseñanza para ofrecer conjuntamente ciclos formativos superiores atractivos. Ahora los recursos se han de destinar a combatir precozmente el fracaso escolar caso por caso y a reeducar a nuestros adultos sin empleo. Si en los próximos 10 años conseguimos rescatar a la mitad de quienes se han quedado en puertas de la empleabilidad, la generación de los millennials triunfará.
Y lo hará, seguro. Hay motivos para el optimismo. Uno es que, como ha escrito un baby boomer, Bill Gates, nunca antes en la historia había habido tanta gente joven tan bien formada, tan capaz de innovar y de romper por tanto con la línea plana de tendencia que nos deprime: los cambios llegarán. Otro lo verán si emprenden un viaje imaginario: cuelguen un mapa de Europa Occidental en la pared, aléjense unos metros y arrojen un dardo sobre él. Vean entonces cuál es la ciudad más próxima al blanco. Es una ciudad maravillosa, dotada de unas infraestructuras excepcionales y de una calidad de vida envidiable. Repitan la experiencia sobre el resto de los continentes y comprobarán que los aturdidos europeos de hoy en nada tenemos que envidiar a casi nadie: 25 de las 50 mejores ciudades por calidad de vida, según el afamado ranking de Mercer Consulting, se encuentran en Europa. Madrid y Barcelona están ahí y Valencia figura como una de las 10 ciudades preferidas por la guía Lonely Planet. Los millennials, hijos nuestros, saben que Berlín está a 150 euros de Madrid en avión. El mundo quiere ser como Europa y Europa despertará gracias a los millennials. Sed bienvenidos.